Una historia real

La historia de la Navidad es la historia de un conflicto entre reyes. Aparecen al menos dos en el relato de Mateo. Por una parte, tenemos a Herodes el Grande, que personifica la lógica humana del poder y la dominación. Por otra, encontramos a un niño con el nombre de Yeshúa o Jesús, a quien el evangelista presenta como el Mesías anunciado por los profetas de Israel. Al contrario que los reyes terrenales, este niño no nace en un palacio ni crece en la corte, sino que su vida transcurre en una casa humilde –al principio quizá en Belén, como parece indicar la narración de Mateo, y más tarde en Nazaret–. Es hijo putativo de un obrero de la construcción, aunque de linaje davídico, llamado José y de una muchacha llamada María.

Son dos realezas opuestas: si Herodes se vale de la mentira y de la violencia para asentar su dominio, Jesús está destinado a predicar la buena nueva del perdón y la justicia. Si el primero actúa de acuerdo con los criterios del terror, el segundo trae consigo la promesa de “derribar del trono a los poderosos y enaltecer a los humildes”, como enuncia María en el Magníficat (Lc 1, 52). Pero, además de estos dos monarcas, en la historia de la natividad concurre otro extraño grupo de personajes, a los que Mateo denomina “magos” –en el texto no se precisa su número– y que sólo a finales del siglo II, Tertuliano, un escritor eclesiástico de origen cartaginés, identificará también como reyes, al aplicarles un versículo del salmo 71 y un pasaje de Isaías.

Si Herodes se vale de la mentira y de la violencia para asentar su dominio, Jesús está destinado a predicar la buena nueva del perdón y la justicia

¿Quiénes eran, en realidad, los reyes magos? Desde una perspectiva estrictamente histórica es poco lo que podemos afirmar con seguridad. Un especialista tan ecuánime como el profesor John P. Meier sostiene en el primer tomo de su magna biografía de Jesús, Un judío marginal (Ed. Verbo divino), que “la historicidad de los Magos y de la huida a Egipto y el regreso resulta muy discutible”. Y ésta es una opinión compartida por la mayoría de expertos, aunque no con total unanimidad. Más allá de lo que realmente sucediera, esta tradición es fundamental para iluminar el sentido cristiano de la Navidad. El prestigioso biblista Francesc Ramis Darder recalca la trascendencia de que la escena de los Magos se inserte en el centro mismo del prólogo de Mateo, lo cual “atendiendo a las características de la mentalidad hebrea de la época, significa que es un texto muy importante para el conjunto del Evangelio”. Quizás entonces haya que preguntarse a quién se dirige el narrador, en quién piensa al hablar de los Magos y qué mensaje pretende transmitir.

Mateo es considerado el más judío de los evangelistas y el que mejor conoce las tradiciones hebreas. Su evangelio fue compuesto a finales del siglo I precisamente para una comunidad de judíos conversos que asumía con reticencias las novedades propiciadas por el helenismo cristiano, el cual extendía la promesa de salvación a toda la humanidad. En este contexto, la presencia de unos magos en Belén introduciría, ya desde el inicio de la vida de Jesús, una llamada a la predicación universal. Hay que tener en cuenta que dichos taumaturgos no eran judíos, sino probablemente astrólogos persas que seguían la religión de Zoroastro y esperaban la llegada de un Salvador. La aparición de una misteriosa estrella en el horizonte anuncia el nacimiento de un ser divino e inmediatamente los sabios deciden ir a buscarlo. Con la estrella, el evangelista simboliza el movimiento de Dios hacia los pueblos paganos y la respuesta de unos hombres que se aprestaron a reconocer en este signo cósmico el cumplimiento de las viejas profecías.

Ya hemos dicho que la Navidad se sostiene sobre la historia entrecruzada de dos reyes antagónicos. La estrella guía a los Magos hasta Jerusalén, donde reside Herodes. Estos acuden a él para que les descubra el lugar en que ha nacido el Mesías. El pérfido rey se sobresalta y consulta a los maestros de la Ley, que le recordarán la profecía de Miqueas: “Y tú, Belén, tierra de Judá […], de ti saldrá un jefe, que será pastor de mi pueblo, Israel” (Miq 5, 1-3). Herodes indica el camino a los sabios pero les pide que vuelvan y le informen para que también él pueda ir a adorarlo, aunque su auténtica intención sea criminal. El relato señala que, al salir de Jerusalén, la estrella se puso de nuevo en movimiento y les condujo hasta Belén, donde hallaron al niño, se postraron ante él en reconocimiento de su divinidad y le ofrecieron tres regalos: oro, incienso y mirra.

Mateo se dirige a una comunidad de creyentes que no debe distinguir ya entre judíos y paganos

El evangelista construye su relato con un claro sentido catequético. Un signo en el cielo mueve a peregrinar a unos astrólogos persas que reconocen en el niño al Salvador anunciado por las profecías zoroástricas. Herodes, por su parte, también teme el nacimiento de un Mesías en Belén, como le han advertido los maestros de la Ley. Por esta doble vía, Mateo se dirige a una comunidad de creyentes que no debe distinguir ya entre judíos y paganos.

La piedad cristiana posterior terminará de completar dicho relato. En un texto apócrifo, el Protoevangelio de Santiago (siglo II), sólo los Magos –y no los pastores– acuden a adorar a Jesús. En las catacumbas romanas, se encuentran representados pictóricamente en una fecha tan temprana como el siglo II. Los padres de la Iglesia pronto empezarán a aventurar que, si había tres regalos, entonces los reyes también debían ser tres, un número mágico que apela a las tres personas de la Trinidad y al ciclo natural de la vida (juventud, madurez y ancianidad). Y es en el Evangelio Armenio de la Infancia (de los siglos VII-VIII) donde se confirman los nombres de las tres majestades: Melkon (o Melchor), Gaspar y Baltasar. Una piadosa leyenda cuenta que, a finales del siglo V, sus reliquias fueron llevadas de Persia a Constantinopla y de allí a Milán. Desde el siglo XII, tras ser trasladados por orden del emperador Federico Barbarroja, los restos de los tres reyes descansan en la catedral de Colonia, conservados en una hermosa urna.

En palabras del gran teólogo inglés John Henry Newman, los reyes magos “fueron los primeros frutos del mundo pagano”.  Su importancia cultural para el cristianismo resulta, por tanto, evidente. En la liturgia católica, su fiesta se celebra el 6 de enero, Epifanía del Señor, en que se conmemora el día en que Dios se reveló a la humanidad entera, “representada –me subraya Francesc Ramis– por aquellos tres magos del lejano Oriente”. Si para Mateo la Navidad es la historia de un conflicto entre reyes, la conclusión necesaria implica que, según la fe del evangelista, sólo Jesús reinará sobre todas las naciones.

Artículo publicado en Ahora Semanal.

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