Retrato de familia

En el comedor de la casa londinense de Alfred Brendel cuelgan dos cuadros. En el primero – pintado hacia 1840 –, un muchacho llamado Alfred Brendel interpreta una sonata de Beethoven. El segundo se titula “La rueda del infierno” y en él se puede apreciar a unos demonios torturando a un grupo de hombres. “Lo compré en una subasta de Viena – leemos en El velo del orden, su libro de entrevistas con Martín Meyer-, donde todo el mundo quedó espantado. Sólo unos cuantos años más tarde, un historiador me explicó que el apellido Brendel provenía de Brändli. Se trataba de uno de los nombres utilizados en la Edad Media y en la literatura de brujería del siglo XVI para designar al diablo. Ocurrió que, de pronto, mi familia empezó a resultarme interesante”.

A mí me sucedió algo similar con Alfred Brendel. Durante años no me gustó. Le achacaba una excesiva frialdad y creía que sus interpretaciones de las sonatas de Schubert o de Beethoven  – por citar dos de sus caballos de batalla – carecían del pathos trágico inherente al Romanticismo. Por aquel entonces, me preguntaba si era posible conocer el siglo XX – esto es, recrearlo – sin la experiencia previa del nihilismo. Pensaba, por ejemplo, en la desolación que se puede percibir en las grabaciones de Sviatoslav Richter; pensaba en el estrecimiento que causan los registros de la guerra de Wilhelm Furtwängler – la Novena del 42, sin ir más lejos – o en el susurro de los últimos cuartetos de Shostakovich… Seguramente se trataba de una ensoñación adolescente, ya que todavía no había intuido que amar la tragedia constituye un dudoso privilegio.

Descubrí a Brendel en Capri, frente a los faraglioni, tomando un té con mi mujer. Llovía fugazmente y la luz – más veneciana que mediterránea – me recordó a un Tiépolo. En la sala, sonaba el concierto “Jeunehomme” de Mozart interpretado por el maestro moravo, y fue en aquel preciso momento cuando caí en la cuenta de que podía encontrarme en el Adriático, en el Danieli o en un balneario suizo de finales del XIX. “Brendel – anoté en mi diario – es la Europa que ama Inglaterra, algo despeinada y con aires salonniers.” Tenía presente, claro está, el humus cultural de Centroeuropa – del que se declara heredero -; pero, más que nada, pensé en un mundo previo al nihilismo, más confiado en sí mismo, descreído y lúcido. “Siento debilidad por una cita de Einstein – declaró en una ocasión -: todo debiera hacerse con la mayor simplicidad posible pero no con la mayor sencillez”. Supongo que es algo así lo que Brendel ha pretendido expresar con su música: una naturalidad que rehuye el peligroso fango de la grandilocuencia.

Desde ese día – desde ese Mozart -, Brendel forma parte de mi particular panteón de héroes. Quizás sea el más escéptico de todos, el más incrédulo, el menos fanfarrón. Me imagino su vida en Londres: ya retirado, conversando con amigos, bebiendo un oporto, leyendo poesía, o repasando alguna partitura. Al llegar la noche, se sienta al piano y tal vez eliga  una sonata de Mozart, otra Haydn o la D.960 de Schubert, que tanto admiró su amigo Isaiah Berlin. Y desde luego que Europa – su civilización, digo – no es algo muy distinto a esto.

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