Pueblos en barbecho

Hace unas semanas vi en La 2 de TVE un documental sobre los pueblos abandonados del Pirineo aragonés. Los hay en muchos sitios: en Cataluña y en Navarra, en Valencia y en el Bierzo leonés… En algunos todavía queda una anciana con cuatro o cinco perros, tres vacas, unas cuantas gallinas y unos gatos que maúllan entre las ruinas de la iglesia. Me acuerdo ahora de una aldea asturiana habitada por un matrimonio de octogenarios. Vivían en una antigua mansión de indianos, un palacete de montaña del que ocupaban la planta baja. Al verme pasear por las calles solitarias me invitaron a entrar y a tomar un café. Tenían una cocina alargada, ancha, enorme, con ventanales en tres de las paredes y una vista que abarcaba el valle.

“Aquí estamos solos –me dijeron–. Cuando llega el verano se acerca algún vecino de la ciudad, mira el pueblo, busca la casa de sus abuelos, el prado que ya no sabe distinguir y luego, aburrido, se va”.

En la cocina había un televisor en blanco y negro, una radio diminuta, un gramófono, ocho sillas, dos mesas, un molinillo de café y un paquete de galletas.

“De noche –prosiguieron– apartamos los muebles de la cocina, damos cuerda al gramófono y bailamos un fox-trot o un tango que ya no se sostiene. Si hace bueno y sopla leve el viento, abrimos las ventanas para que la música recorra el valle hasta llegar a nuestros vecinos del Picu. Hemos comprobado que a los búhos les gusta el tango y a los lobos el fox. Aunque ahora no quedan lobos, gracias a Dios”.

Me hablaron de asuntos que ya no interesan a nadie, porque estos pueblos y estas gentes existen sólo entre las nieblas. En ocasiones, llegan allí unos jipis o unos ecologistas noqueados por la neurosis de las ciudades. Cuando los veo pienso en unos monjes descreídos y agnósticos, vagamente espirituales, que anhelan regresar a un pasado que desconocen, un pasado que nadie respeta porque amamos en exceso el bienestar que trae la economía.

Supongo que siempre habrá sido así. Los indianos que conocí en Asturias habían emigrado a Puerto Rico buscando una prosperidad vedada en su país natal. Los marroquíes, ecuatorianos o argentinos que llegan a Europa vienen por el mismo motivo. El progreso consiste en aumentar la riqueza disponible para el reparto. La particularidad de nuestro tiempo es que, por vez primera, se puede movilizar el mundo entero en pos del crecimiento económico. Incluso aquello que pueda parecer inútil. En la playa de Es Trenc, por ejemplo, el ministerio pretende instalar balsas con hamacas como respuesta al overbooking nudista. Bush va a sustituir los incendios forestales por el negocio de la tala. El gobierno aragonés asegura que las estaciones de esquí constituyen el futuro de los pueblos deshabitados.

Sitios aparentemente inútiles, como estas aldeas, son los campos en barbecho de nuestro planeta. Los ejércitos movilizados cuentan con su retaguardia. También merecen su descanso.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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