Un temor justificado

Cuando se firmó el acuerdo entre Estados Unidos e Irán, el periodista israelí Ari Shavit publicó un artículo especialmente duro con el pacto sellado en Viena. El autor de Mi tierra prometida dista de ser un halcón conservador que se alinee por sistema con las posturas del Likud, sino más bien al contrario. Los interrogantes que, en realidad, se planteaba eran los siguientes: ¿hasta qué punto se puede controlar la situación en un territorio dominado por la violencia?¿Qué ganamos al incrementar el número de reactores atómicos en la zona más inestable del planeta? ¿Qué riesgo supone para la paz mundial? ¿Y de qué modo la proliferación nuclear en la región puede terminar afectando a los países de Oriente Próximo y, por ende, a Europa? Son cuestiones de difícil respuesta, pero que Shavit propone con el apremio de pertenecer a una nación que lleva décadas en guerra con sus vecinos.

Las preguntas de Shavit cobran vigencia después de los atentados de París y la posterior actuación militar francesa. La guerra civil en Siria, la extensión del califato, el genocidio contra los cristianos, la debilidad de algunos Estados, la financiación del terrorismo yihadista a través de las vías del narcotráfico y el petróleo, la rivalidad entre sunníes y chiíes o entre dos grandes potencias regionales, Arabia Saudí e Irán: todo ello nos habla de un polvorín definido por dinámicas contrapuestas, a menudo de una violencia bíblica. Si en décadas anteriores, la polaridad entre la URSS y los EE.UU. sirvió de muro de contención, aunque fuera a costa del desarrollo de la democracia en la región, el fin de la Historia vaticinado por Fukuyama abrió la espita de la inestabilidad. Hoy sabemos que buena parte de estos grupos terroristas fueron financiados, al menos en sus inicios, por los países occidentales e, incluso en ocasiones, recibieron algún tipo de formación militar. La prensa británica reflexionaba esta semana sobre el modo en que el gobierno inglés había favorecido el asentamiento de radicales islámicos en el Reino Unido, ya fuera como una forma de autoprotección, ya fuera porque enviando yihadistas a Siria se creía que se luchaba en contra de la dictadura de Bashar al-Asad.

Al final, las relaciones internacionales se miden también por el cortoplacismo y la ingenuidad. Turquía presiona a la UE con el control de las migraciones, mientras practica un doble juego en la guerra contra el terror. Rusia ataca a ISIS con la pretensión de reforzar su propia posición en el tablero internacional. Francia sabe que sola no puede hacer nada y reclama la solidaridad europea. Los EE.UU. se muestran reticentes a intervenir después de salir escaldados de Iraq y de Afganistán. El problema, obviamente, no es ya militar –recuperar el territorio ganado por el Califato sería sencillo–, sino estratégico. ¿Cómo pacificar la zona y reforzar la estabilidad de la región? ¿Cómo evitar la expansión de ISIS al norte y al centro de África? ¿Y cómo neutralizar las células terroristas que se han ido desperdigando por medio planeta? Obama ha apostado por confiar en una solución local, con el apoyo su país, quizás porque, después de la presidencia de Bush, los EE.UU. vuelven a ser conscientes de los límites de su poder. La opción natural pasa por actuar desde la contención. El gran problema, de todos modos, es el que apuntaba Shavit: si caen los Estados más débiles y el armamento sucio –químico, nuclear, biológico– pasa a manos de grupúsculos terroristas, entonces se puede desencadenar una espiral del terror que mancharía todo el siglo XXI. Una hipótesis como cualquier otra, por supuesto. Un temor, en todo caso, justificado.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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