La última palabra

Una frase de George Bernanos escrita en 1939: “el mundo es el dominio de la gente que no está hecha para la felicidad”. Para entonces, el autor francés ha podido conocer el terror teñido de sangre de la guerra civil española y ha recibido la carta que, desde una pensión de Sitges, le envió Simone Weil al poco de regresar Bayo de Mallorca: “Lo esencial – escribe Weil – es la actitud con respecto a la muerte. No he visto a nadie entre los españoles, ni entre los franceses, llegados para luchar o para pasear – estos últimos, lo más frecuentemente, intelectuales grises e inofensivos – expresar ni siquiera en la intimidad, repulsión, disgusto, o al menos reprobación de la sangre inútilmente vertida. Tengo el sentimiento de que, cuando las autoridades han puesto a una categoría de seres humanos al margen de aquellos cuya vida tiene un precio, no hay nada más natural para el hombre que matar.” Poco después – después, digo, de la carta de Simone Weil y de la publicación de Los grandes cementerios bajo la Luna -, George Bernanos se exilió a Brasil – como Stefan Zweig -, huyendo del nazismo y de una Francia que pronto sería ocupada por las divisiones alemanas del III Reich. Europa está sumergida en la medianoche de la historia y Bernanos escribe en su dietario estas palabras. El mundo, piensa él, pertenece a los infelices. En la dicha no cabe el mal.

Años más tarde, otro francés, Pascal Quignard, se preguntará si detrás de un pentagrama de Mozart también se refugia el nazismo, como sucedió con la música de Wagner o de Bruckner, por no hablar de otros autores menores como Pfitzner o Carl Orff. Pienso entonces en el poeta polaco Aleksandr Wat, quien en sus memorias Mi siglo cuenta cómo logró sobrevivir a la tortura gracias a los acordes lejanos de La Pasión según San Mateo que entreoía desde su celda de Kolymá. Bach y Mozart como epígonos de la felicidad humana. En ambas biografías, tatuadas por la incomprensión, no encontramos rescoldo alguno de amargura o de resentimiento. La sombra del mal aún queda lejos.

Los psicoanálistas suelen explicar el proceso de maduración como una sucesión de ritos de paso que nos alejan de la infancia y nos llevan a tomar conciencia de lo que supone la vida adulta. Quizá sea así. Pero también el encanallamiento, la ambición, la amargura y el odio pertenecen a esos ritos de paso que nos separan de la inocencia. Y son los niños los únicos que saben de la eternidad de la dicha. O que creen saberlo. Y eso los protege hasta que un día el mundo les descubre su verdadero rostro. Y si no fuera por Bach y por Mozart, por la belleza gratuita de las flores, por la bondad que resplandece festiva, desnuda, en los lugares más insospechados, uno creería que el mal tiene la última palabra. Pero no es así. El rostro – y los gestos – de algunos hombres nos lo desvela con una minuciosa precisión.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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