J.W. Goethe o el último apolíneo

Este texto es el prólogo que escribí para la edición de Las penas del joven Werther, publicado por la Ed. Paréntesis, en 2010.

I

Johann Wolfgang von Goethe nació en tiempos invertebrados. Todas las épocas lo son, supongo; hijas del destierro, de la locura, de la condición caída del hombre. Cuando Goethe nació, el 28 de agosto de 1749, en Fráncfort del Meno, la Revolución Francesa aún no había tenido lugar, la Ilustración se abría paso con calma entre las elites y una cierta douceur caía melancólica sobre una aristocracia condenada a vivir sus últimos días. En sus memorias Poesía y Verdad, Goethe cuenta que nació bajo el signo favorable de los astros: “El sol estaba en el signo de Virgo y culminaba para este día; Júpiter y Venus lo miraban amistosamente y Mercurio sin aversión; Saturno y Marte se comportaban con indiferencia; sólo la Luna, que acababa de alcanzar su plenitud, ejercía el poder de su oposición tanto más cuanto que su hora astral había llegado simultáneamente”.

Nunca sabremos hasta qué punto el escritor alemán creía o no en el poder de las estrellas para determinar el destino – aunque uno tenga sus sospechas -, pero sí conocemos el rostro soleado de su infancia, un mundo todavía en orden, casi sin aristas, donde el pequeño Johann Wolfgang fue feliz. Su padre, Johann Caspar, consejero imperial de Carlos VII, amaba el esplendor romano – el hálito griego de la belleza, diríamos, sobre la cultura de Roma – más que cualquier otra cosa. “Mi padre – cuenta Goethe – había decorado una antecámara con una serie de vistas de Roma. Ahí veía a diario la Piazza del Popolo, el Coliseo, la plaza de San Pedro, la basílica de San Pedro por dentro y por fuera, el castillo de Sant’Angelo y alguna cosa más […]. A veces también nos mostraba una pequeña colección de mármoles y de productos naturales que había traído desde allí, y gran parte de su tiempo lo dedicaba al relato compuesto en italiano de su viaje a Roma, cuya copia y redacción efectuaba de su puño y letra, en cuadernos, despacio y con exactitud”. Uno se imagina esta infancia feliz, inmersa en una familia burguesa profundamente culta. En casa, junto al resto de la familia, se asistía a un teatrillo de marionetas y se aprendían las primeras letras: “Para nosotros, los niños, el amplio zaguán inferior era nuestro cuarto favorito; junto a la puerta había un gran enrejado de madera a través del cual se entraba directamente en contacto con la calle y el aire libre. Semejantes pajareras, de las que estaban provistas muchas casas, recibían el nombre de Geräms. Las mujeres se sentaban en ellas para coser y hacer punto. La cocinera limpiaba la ensalada. Las vecinas mantenían desde allí sus conversaciones y gracias a ellas durante el buen tiempo las calles adquirían un aspecto sureño. Esta familiaridad con la vida pública proporcionaba una sensación de libertad”.

Al contrario que Thomas Hobbes, por ejemplo, Goethe conoció antes la libertad que el horror y, para él, la oscuridad no prevalece sobre el fulgor de una calle soleada. En cierto modo, el retrato que Goethe nos hace de su infancia es el de un mundo equilibrado y sereno a punto de desaparecer. Cuando muere en 1832 en la ciudad de Weimar queda ya muy poco del trazo clásico de la primera mitad del XVIII. La Revolución Francesa ha tenido lugar, dejando tras de sí un reguero de sangre y de esperanza. Napoleón ha batallado en toda Europa. Los acordes violentos de los últimos cuartetos y sonatas de Beethoven han desplazado la jovialidad de la música de Haydn. Un nuevo movimiento filosófico y estético, el Romanticismo, ha prendido en Alemania, preparando el camino – con su exaltación de los sentimientos – a algunos totalitarismos del siglo XX. Goethe bordeará su siglo sin enfangarse más allá de lo necesario, con la indiferencia de un dios olímpico, convertido en el último clásico de Alemania. Frente a los románticos, defiende el epicureísmo moderado de la buena vida. Frente a los ilustrados, el sentido orgánico y natural de la cultura, de la vida y de la sociedad. Escribió sobre todos los temas imaginables: sobre la morfología de las plantas y sobre el significado de los colores, sobre la infancia, el amor y la vejez; escribió poesía, teatro y novelas, fue político y diplomático, y creó uno de los grandes mitos de la cultura europea, Fausto. Sabemos que conoció a Napoleón, quien admiraba su Werther por encima de cualquier otro libro contemporáneo y, sin embargo, Goethe desconfía del abrazo funesto del adulador. Nuestro Eugenio Trías escribió en su ensayo sobre el autor alemán algo que todo escritor debería aprender: “Quizás ningún artista – asegura Trías – ha sido tan sabio respecto al poder como Goethe: ha hecho lo mejor que puede hacerse con el Poder, vivir de él, dejarse educar por él y mantenerse a distancia”. Esto es, no dejarse ensuciar, no contaminarse por lo que hay de corrupto y corruptible en el hombre y en su afán de dominio. Leemos a Goethe con la admiración que nos merece una vida lograda. Probablemente no fue el mejor poeta alemán de su época – honor que reservamos a Hölderlin -, ni el mejor dramaturgo – ¿Schiller, quizás? – y tal vez sus fabulosas memorias no alcancen la profundidad psicológica, el desgarro interior, de esa autobiografía velada que K. P. Moritz titula Anton Reiser. Da igual, porque nunca nos cansaremos de leer a Goethe, de emocionarnos con el Werther o de meditar con el Fausto, de picotear en las conversaciones con Eckermann, de escuchar en la voz de Hans Hotter los poemas de Goethe musicados por Schubert y de pensar Europa con los ojos y las palabras del último apolíneo, del último clásico de nuestra cultura.

II

Al Werther, a Las desventuras del joven Werther quiero decir, llegué casi de casualidad hace muchos años y del modo más indirecto. Mi abuelo tenía cierta afición por la música, y más que por la música, por el Bel canto italiano, gusto que había heredado de un tío suyo, inválido y algo tartamudo, que fue uno de los primeros pastores protestantes de la isla de Mallorca. Del tío heredó la afición y una pequeña colección de discos que escuchaba en un gramófono: Gigli, Caruso, Miguel Fleta, Hipólito Lázaro y Schipa, Tito Schipa. La viuda del compositor Jules Massenet dijo en una ocasión que el mejor Werther, el mejor Werther cantado se entiende, era el del italiano Tito Schipa. En casa de mi abuelo escuchábamos los domingos por la tarde algunos de los fragmentos que Schipa grabó de la ópera de Jules Massenet, Werther: el Pourquoi me réveiller, por ejemplo, que en italiano se traduce como Ah!, non mi ridestar, y sobre todo el aria del primer acto O Natura!, que es un canto elegíaco a la naturaleza. Recuerdo a Schipa en mi niñez y recuerdo el Werther interpretado por Tito Schipa y pienso en el binomio que a veces se da entre la elegancia y la melancolía, entre la contención de los afectos y el tiempo que fenece indiferente al orden. Schipa fue el tenor melancólico por excelencia, el maestro de la sfumatura, del canto velado, de la expresión aristocrática y del sentido trágico. Pienso en Werther y pienso forzosamente en Schipa. Sólo años más tarde, ya en el bachillerato, leí a Goethe.

Las desventuras del joven Werther fue el primer gran éxito del autor alemán. Para escribir la novela sólo necesitó cuatro semanas, de febrero a marzo de 1774, y el bagaje del desamor. Unos años antes, en la primavera de 1772, Goethe había conocido en un baile celebrado en Garbenheim a Charlotte Buff, hija de un oficial de la Orden Teutónica. Se enamoró enseguida de ella, a pesar de que estaba ya prometida con el secretario de la legación de Bremen en la ciudad de Wetzlar, Johann Christian Kestner. En Poesía y Verdad, Goethe nos ofrece un retrato de ambos: “Kestner se caracterizaba por mostrar un comportamiento sosegado y equilibrado, una gran claridad de ideas y por su decisión a la hora de actuar y de hablar […]. Charlotte era de las que, aun sin insuflar pasiones violentas, habían nacido para despertar el agrado ejemplar. Una figura levemente arreglada y de formas agradables, una naturaleza pura y sana y la consiguiente actividad alegre y vital, la observación despreocupada de las necesidades cotidianas: todo eso le había sido dado de una sola vez”. Ellos, Kestner y Buff, serán dos de los personajes claves de la novela: Albert y Charlotte respectivamente. El protagonista, Werther, surgirá del desengaño amoroso que sufre Goethe con Charlotte y del trágico final de su amigo Karl Wilhelm Jerusalem, secretario de la legación de Brunswick en Weztlar, quien se suicidó en 1772 con la pistola que le había prestado el propio Kestner. Sobre este trasfondo biográfico e inspirándose en algunos antecedentes literarios, como la Nueva Eloísa de Jean Jacques Rousseau, Goethe construye una novela epistolar que desborda el marco social de la época, conecta con el primer romanticismo – la década del Sturm und Drang – y se convierte en un fenómeno de masas entre la juventud de toda Europa. “Creo que el Werther hizo época – escribe Eckermann en sus Conversaciones – simplemente porque apareció, pero no porque apareciera en un momento determinado. En cada época hay tanto sufrimiento inexpresado, tanta secreta insatisfacción y hastío vital, y, en cada individuo, tanto desequilibrio con respecto al mundo, tantos conflictos de su naturaleza con las instituciones burguesas, que el Werther haría época incluso aunque apareciera hoy día”. Goethe, por su parte, le contesta a Eckermann: “En realidad, visto más de cerca, la tan cacareada ‘era Werther’ no forma parte de la trayectoria de la cultura universal, sino de la de cada individuo, que con un sentido natural libre e innato debe aceptar las formalidades restrictivas de un mundo anticuado y aprender a adaptarse a ellas. La felicidad frustrada, el dinamismo reprimido y los deseos insatisfechos no son achaques de una época determinada, sino de cada individuo en particular, y malo sería que no hubiéramos pasado nunca por ningún momento de nuestra vida en el que el Werther no nos pareciera escrito exclusivamente para nosotros”.

Publicado en Leipzig en 1774, muy pronto las ediciones se agotaron. El libro fue prohibido por amoral en los países católicos, pero aun así la moda Werther se extendió con la fuerza de una epidemia. La fama alcanzó a Goethe hasta el punto de que un conocido librero – precursor de los editores de hoy – le ofreció una ingente suma de dinero a cambio de una docena de obras parecidas. Al final de su vida, esta popularidad, que en cierto modo oscurecía el resto de su obra, incordiaba a Goethe; pero nunca llegó a renunciar a la misma, quizás porque en sus páginas se escondían las primeras astillas de su vida: “Ésta también es – dijo, refiriéndose a su novela – una de esas criaturas a las que, como el pelícano, he alimentado con la sangre de mi propio corazón”.

III

El gran tema del Werther es la intensidad del amor  truncado. Su modernidad, en cambio, se correspondería con la descripción de un nihilismo en estado incipiente, anterior a Nietzsche y a Dostoievski. A ello apunta la desorientación vital del protagonista, la decadencia de los valores tradicionales, la irrupción de un sentimentalismo exacerbado y la creciente soledad del individuo enfrentado a sus deseos. Al Goethe apolíneo y sereno de la madurez, le tenía que molestar forzosamente el pathos trágico del libro, la inestabilidad emocional del protagonista, por más que conociera la verdad íntima que encierran esas páginas. Al igual que un sismógrafo, hay algo de retrato epocal – de mutación cultural – que se inaugura con el Werther y que todavía no se ha cerrado. “La dificultad de definir el nihilismo – escribe Ernst Jünger en Sobre la línea – estriba en que es imposible que el espíritu pueda alcanzar una representación de la Nada”. La Nada, por supuesto, es la muerte y el deseo de la muerte. “La repugnancia por la vida – escribe Goethe en Poesía y Verdad – tiene causas físicas y morales. Las primeras vamos a dejar que las investigue un médico, y las segundas, un filósofo moral[…]. Todo placer por la vida se basa en un retorno regular de las cosas externas. Cuanto más abiertos estemos para estos placeres más felices nos sentimos; pero si no nos mostramos receptivos a tan benignos ofrecimientos, entonces irrumpe la más grave enfermedad: vemos la propia vida como una carga repugnante […]. Éstos son los síntomas del hastío vital”.

De hecho, Las desventuras del joven Werther se puede leer como un clásico del desasosiego, como la temprana biografía de una angustia existencial. Poco importa que Goethe pensara en ello o no, porque las obras de arte crean el futuro y a su vez son leídas y reinterpretadas continuamente desde ese futuro que nunca termina de llegar. Escritas de un modo impoluto, con una belleza formal embriagadora, las cartas del joven Werther nos acercan al sinsentido de la vida contemporánea, al frágil ensimismamiento de un mundo ya demasiado maduro. “Sabios maestros y preceptores – leemos en el Werther – están de acuerdo en que los niños no saben lo que quieren; pero también que los mayores vamos por este mundo tambaleándonos, sin saber, como aquellos, de dónde vienen y a dónde van, que actuamos como ellos sin verdadero objetivo, dejándonos guiar por bizcochos y pasteles y ramitas de abedul: esto a nadie le gusta creerlo y es algo que se palpa con las manos”. Con acierto, Goethe traslada el dolor al ámbito estrecho de la subjetividad humana y, por ello, la verdad de las emociones se sentimentaliza, se vuelve problemática. La enfermedad mortal invade el corazón del hombre que no puede acceder a la persona deseada. “La naturaleza humana – prosigue diciendo Goethe en Werther – tiene sus límites: puede soportar hasta cierto grado la alegría, las penas y el sufrimiento, pero sucumbe en cuanto sobrepasa esa barrera. No se trata por tanto aquí de si uno es fuerte o débil, sino de si puede soportar el grado de sufrimiento, bien sea moral o físico. Y me parece igualmente absurdo tachar de cobarde a quien se quita la vida; como no sería pertinente tildar de cobarde a quien muere de una fiebre maligna”. Evidentemente no lo es, pero el destino de Werther nos habla también de la futilidad de la existencia, del miedo atroz que el hombre siente al vacío, a la inutilidad de la vida no lograda.

De todo eso trata este libro, que sigue siendo un clásico perdurable y que no deja nunca de sorprendernos. Goethe aún no había escrito el Fausto, ni el Wilhelm Meister ni las Elegías Romanas; pero en él, vemos reflejadas las cuitas de cualquier hombre enfrascado en el duro aprendizaje de la vida. Yo no conozco una mejor introducción al legado de un autor que fue el último apolíneo.

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