Lógicas suicidas

La política se rige por una lógica implacable, férrea, a menudo arquetípica: una reñida dinámica de lucha por el poder que crea realidades y, a la vez, las destruye. La exitosa Constitución del 78 parece llegar a su fin, sin que terminemos de entender muy bien por qué ha sido así, más allá de que en la sociedad haya triunfado un peculiar relato de deslegitimación. La sorpresa es que, leyéndola artículo por artículo, nuestra Carta Magna se equipara con cualquier otra de nuestro entorno: es flexible y ágil, sólida y prudente. Ha permitido descentralizar el Estado y derrotar al terrorismo, ingresar en Europa y consolidar un régimen democrático. Sus errores tienen más que ver con su aplicación política que con la letra estricta de la misma.

El problema de la financiación autonómica constituye un buen punto de inicio. No se entiende, por ejemplo, que determinados servicios básicos, como la sanidad o la educación, no cuenten con unas partidas similares per cápita. O que las autonomías no dispongan de un sistema fiscal ad hoc que las haga corresponsables tanto de los ingresos como de los gastos. La endogamia de los partidos políticos seguramente podría regularse mejor con una nueva ley electoral y no cabe duda de que debemos avanzar en la independencia y en la calidad de las diferentes instituciones. Pero la mayor parte de los problemas españoles son culturales: de hábitos y costumbres políticas, de maneras de hacer, incluso de esquemas mentales que perduran desde antiguo. Un país que no valora la excelencia educativa, cultural y científica como el eje fundamental de la economía del conocimiento es un país que no ha terminado de entender la profunda transformación económica y tecnológica en la que estamos inmersos. Una sociedad que sigue aceptando una especie de corrupción pactada, en la que todos aparentemente ganan –de las empresas del IBEX a los colegios profesionales, de los sindicatos al funcionariado–, es una sociedad que no comprende que el inmovilismo equivale a perder el futuro. Trastocando un viejo adagio latino, también los Estados deben reformarse continuamente. Y si no lo hacen, el riesgo es que implosionen.

Un buen ejemplo quizás sea el PP, ahora que observamos los primeros signos de un estallido descontrolado: ministros que airean en público sus diferencias, diputados nacionales que se marchan con cartas abiertas al gobierno, expresidentes que regresan como salvapatrias, cúpulas autonómicas  desorientadas y mensajes públicos incalificables. Pero el resultado final no lo conoceremos hasta la noche del 20 de diciembre, cuando se podrán contar una a una las piezas que mantiene de Mariano Rajoy. Si las elecciones del pasado mes de mayo funcionaron como un indicador adelantado, en las próximas asistiremos al capítulo final del bipartidismo, con la presencia de dos nuevos actores relevantes: Pablo Iglesias y Albert Rivera. No deja de ser curioso que, anclado en la oposición, el PSOE esté, en apariencia, resistiendo mejor que un PP en el poder. Las expectativas son importantes: unos husmean la posibilidad de mandar; otros, en cambio, temen perder los comicios. La ola C’s, por su parte, tiene mucho que ver con la posibilidad, todavía lejana, del sorpasso y con los instintos centristas de una buena parte de la población.

Para algunos los populares viven los que probablemente sean sus últimas semanas en el gobierno, mientras empieza a articularse el cambio político en torno al PSOE y a Ciudadanos. ¿O será necesaria la gran coalición como en Alemania? Todavía resulta pronto para saberlo y quizás nos llevemos alguna que otra sorpresa. Pero sea cual sea la opción elegida, el tema de fondo será básicamente uno: romper la lógica suicida de la deslegitimación del Estado para asentar un relato que reivindique esa casa común que representa una Constitución. Si la transición española se cimentó en una transversalidad de indudable sentido moderador, es hora de recuperar ese empeño moral que consiste no en el enfrentamiento plebiscitario, sino en la integración de las distintas sensibilidades; no unas por encima de otras sino reconociéndose mutuamente. Y para ello hay que empezar desdramatizando el día a día, enfocándonos en lo que nos une. Jugar al todo o nada no conduce a ningún sitio. Es algo que hemos visto demasiadas veces a lo largo de la historia. Y por lo general nunca para bien.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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