La finura

Rajoy se adentra en el relato de la finezza. El concepto lo utilizó el miércoles en el Congreso, refiriéndose a Cataluña. Es una palabra extraña finura: polisémica, ambigua y flexible, que no define el cómo ni el qué ni el quién. Anuncia algún tipo de movimiento para después de las generales, se supone que más allá de la propuesta inicial de diálogo en el marco de la Constitución. La finura apunta a un escenario postelectoral que será tan complicado en Madrid como en Barcelona y que exigirá pactos de gobierno muy amplios, difíciles de manejar. En Cataluña, el primer ejemplo lo encontramos ya en el ensimismamiento de la coalición soberanista, presa de sus propias contradicciones ideológicas y del placaje asambleario de la CUP. De la derecha liberal a la izquierda extrema, los pactos programáticos exigirán también una buena dosis de flexibilidad si lo que se pretende es evitar una nueva convocatoria electoral durante el próximo año; hipótesis, por cierto, más que plausible, ante la situación general de incertidumbre. La independencia puede ser una utopía deseable para algunos, pero el Estado depende de las decisiones que adopta cada día y del buen funcionamiento de las instituciones; es decir, de la orientación del gobierno, la aprobación anual de los presupuestos y la calidad de la administración. Y esto vale en todos los lugares.

Finura significa tomar nota del movimiento de los ejes. En Cataluña, al desplazarse el núcleo central del nacionalismo hacia el secesionismo; en el resto de España, al producirse también un intenso corrimiento sociológico. El PSOE de Zapatero fue la primera víctima de este trasvase sentimental de votos. El PP le siguió a continuación, es posible que incluso con una mayor profundidad. En los flancos, surge lo que José Antonio Zarzalejos ha llamado con acierto “partidos depredadores”: movimientos políticos de reciente cuño definidos por la juventud y que aspiran, por naturaleza, a dirigir ese desplazamiento. Ciudadanos, con su aparición estelar, se posiciona decididamente en los grandes núcleos urbanos y en su extrarradio. Le favorece el carisma personal de Rivera, su alejamiento de la corrupción –se trata, diríamos, de una marca no gastada– y el prestigio reformador de algunos de sus cuadros, como Luis Garicano y Francisco de la Torre. La canibalización del voto popular resulta ya evidente y quizás, en algunas franjas de edad, imparable.

Podemos constituye la otra gran fuerza emergente y su sola presencia –primordial en ciudades como Madrid y Barcelona– ha trasladado también el eje de la izquierda, alejándola del centrismo. ¿Habrá tocado techo? Es probable que sí. Le afecta cierta indefinición ideológica, el desgaste del poder y la imagen algo manida de su líder. Al contrario de lo que sucede con la CUP –que pasa, a día de hoy, por ser la auténtica opción de izquierda radical–, la desconfianza hacia Podemos crece entre muchos de sus votantes, descontentos con el control que  ejerce la cúpula del partido sobre las bases. Pero más allá de los resultados que obtenga Pablo Iglesias –que serán buenos–, la irrupción de Podemos ha  forzado al PSOE a corregir su discurso e incluso a cambiar algunas de sus actitudes. Del mismo modo, la CUP está influyendo profundamente sobre la sociedad catalana. Y no hay que descartar en absoluto que el modelo político de la CUP se extienda al resto del país, como pone de manifiesto la continua apelación de sus líderes a los distintos pueblos de España.

Regresemos a la finura, que consiste en acomodar el cambio a un orden razonable. Hay un riesgo de perderse en un bucle autorreferencial que no conduce sino a la frustración. De las crisis nacionales se sale reforzado o debilitado y ahora estamos ante una de esas situaciones. Italia no salió bien de la Tangetopolis y las consecuencias de aquel error todavía se pagan. Alemania, en cambio, sí que lo hizo tras la reunificación. Apuntando hacia arriba, la necesidad de ingeniería fina se extiende hasta la Unión Europea. Ahora mismo hay una fuerte tensión entre el poder que llega de arriba y el que nace de abajo, entre el centro y las periferias, entre los que temen el cambio y los que lo promueven, entre la vieja política y la nueva. Y, sin duda, para canalizar estas dinámicas enfrentadas hará falta una buena dosis de inteligencia.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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