3 comentarios en “Las palabras cuentan

  1. Recientemente, hemos presenciado una polémica de cariz nacionalista sobre si los niños de Extremadura tienen un iPad y los de Baleares no, como si regalar una trablet a cada alumno fuese a solucionar el problema educativo local. Otro tópico es presumir de haber aumentado el gasto en becas: más ruido que nueces, esa tampoco es la panacea. En vez de estudiar detenidamente las causas del problema y atajarlo de raíz, políticos (y profesores en defensa de su negocio) acuden a un único remedio: gastar más dinero. Y es que es más populista habar de iPads que de pedagogía.

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  2. Dictado y redacción

    No puedo estar más de acuerdo con Daniel Capó. Y también con la respuesta de David. No se trata básicamente de dinero. Más que en mejorar la ratio de alumnos por profesor, habría que intentar prestigiar, y pagar mejor, la labor del profesor. Que ser maestro no fuera una ocupación de tercera categoría. Para el desarrollo intelectual de una persona, para generar inquietud cultural, es mucho más importante la labor de un maestro de escuela que la de un profesor universitario que nos dará clases durante un trimestre cuando tengamos veinte años sobre un tema muy específico. Finlandia es un ejemplo a seguir en este sentido.

    De niño me eduqué en el único colegio que existía en un pueblo de poco más de 3.000 habitantes. El maestro que tuve, el mismo durante siete años, para todas las asignaturas, había empezado a ejercer la docencia antes de la guerra civil. Era una persona educada, culta, que imponía respeto. Siempre vestido con traje y corbata, incluyendo chaleco. Tras algunos años de exilio en Francia, ya próximo a la jubilación, volvió a su tierra en los años setenta. La educación que recibía en el pueblo, cuando la comparaba con algunos conocidos de la ciudad de Barcelona, a solo treinta kilómetros de distancia, era radicalmente distinta. Podría parecer atrasada o cuasi decimonónica.En los setenta ya empezaban a surgir los libros de fichas, las ediciones renovadas cada año de nuevos y abundantes libros de texto, uno por asignatura, que tan floreciente ha hecho a la industria “textil”, tan ligada al poder político. Nosotros nos apañábamos, como libro de texto con una “Enciclopedia”. Pero en la biblioteca del pueblo había suficientes libros para los que queríamos leer. Y nuestro maestro nos inculcaba el placer por la lectura.

    Todos los días, de todos los años de la EGB, la primera mitad de la mañana, dos horas diarias, se dedicaba íntegramente a dos ocupaciones. En primer lugar, un dictado, leído en voz alta por el maestro, que iba ganando riqueza de vocabulario y dificultad ortográfica con los años. En segundo lugar una redacción, sobre un tema cualquiera, incluyendo alguno que estuviéramos estudiando, recitada también en voz alta por el alumno.. El resto de la mañana se dedicaba a la resolución de “problemas”, para ejercitarnos en la aritmética y la geometría. Y por las tardes el maestro nos hablaba de historia, de ciencias, de geografía, de cualquier cosa que le pareciera de interés. De todo esto hace ya más de cuarenta años. Dudo mucho que, a pesar de que la ratio profesor alumno se habrá dividido notablemente desde entonces, probablemente por tres, en mi pueblo hoy los niños salgan con una mejor educación.

    Porque hoy, ni hay dictado, ni hay redacción.

    Josep Prats

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    1. Quería agradecer a David Solís y a Josep Prats sus lúcidos comentarios al texto. Subrayar dos cosas: en primer lugar, que en efecto no parece que la calidad educativa dependa en exclusiva de los presupuestos ni mucho menos de la ratio profesor/alumno, sino de algo más complejo y difícil de medir -o no- como son las viejas virtudes de la responsabilidad, el interés y el trabajo bien hecho. Un back to basics, por tanto. Pero en segundo lugar, no debemos olvidar algo que en mi opinión resulta crucial, como es el ejemplo personal, los modelos. Si Josep Prats recuerda con tanto cariño al profesor de su infancia es, creo yo, por dos hechos: la seriedad que desprendía en su vocación de maestro y el afecto personal por cada uno de sus alumnos. Uno puede saber las materias, aprenderlas, pero se “cree” en las personas, confiamos en ellas y, por tanto, exigimos de ellas. Que un profesor crea en las posibilidades del alumno y viceversa constituye la base primera de la educación. Y eso no depende de burocracias, métodos ni cuentas tanto como del carácter de las personas, sus principios, su vocación e interés y, por supuesto, su voluntad.

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