Los admiradores

En sus últimos años, la prosa de Josep Pla se volvió más seca y escéptica, más rabiosa y lúcida si se quiere. En Notes del capvesprol, por ejemplo, el escritor reflexiona sobre el peligro de caer en manos de los admiradores, ese séquito de palmeros atraídos por el éxito. A las obviedades iniciales, como que hacen perder el tiempo y que resultan pesadísimos, la reflexión de Pla adjunta una curiosa lectura de las costumbres políticas de nuestro tiempo. «En el món en què vivim –señala–, només hi ha una solució per a aquesta història: que l’admirat esdevengui un admirador dels admiradors. […]. És el que ha passat amb els polítics europeus actuals. El poble és admirat pels  polítics i el poble mana.» Por aquellos años –mediados los setenta– Pla desconocía sin duda los efectos corrosivos del lenguaje políticamente correcto –el mismo que exige esa cursilada de “padres y madres”, “niños y niñas”– o la creciente influencia demoscópica en los programas de gobierno; pero sí sabía bien cuál es el verdadero recorrido de la demagogia aplicada al embrutecimiento de la vida social. La demagogia consiste en negar a la realidad sus potencialidades de mejora en nombre de una serie de promesas abstractas, huecas y sentimentales.

Entre la clase política actual, el coraje ante la demagogia es escaso. En España creo que inexistente, salvo contadísimas excepciones como el PP vasco y el PSE durante los difíciles años del terrorismo etarra. Aunque se trata, insisto, de excepciones que poco o nada tienen que ver con el día a día de la política. En el caso catalán, la interpretación planiana adquiere sin duda todo su significado; sin embargo, también cabe hacer una lectura similar –del centro hacia la periferia– cuando, por intereses electoralistas, se alienta artificialmente un choque entre unas comunidades y otras o entre una parte y otra de la sociedad. Alimentar los  prejuicios, sean del signo que sean, da resultado cuando se desactivan los anticuerpos correspondientes. Precisamente, esta algarabía incesante que nos acompaña desde hace años es la de los admiradores y admirados que se mimetizan hasta el punto de ser indistinguibles entre sí. Cuando se aplaude y se silba tanto, lo que permanece es el ruido. Y nada más. Bueno, sí: la sordera mutua.

Dos excepciones contemporáneas que sobresalen serían las de Barack Obama y Angela Merkel. Se trata de dos presidentes que actúan con coraje, a pesar de que representan opciones antagónicas en muchos aspectos. Además de la puesta en marcha del Obamacare, el segundo mandato del dirigente americano se ha caracterizado por su valor al encarar algunos problemas enquistados desde hace décadas: Irán y Cuba, por ejemplo. Merkel, por su parte, se ha erigido como la líder europea de la ortodoxia en un periodo definido por la demanda de soluciones inmediatas a una crisis singular y compleja. Hace unas semanas, en horario de máxima audiencia, Angela Merkel denegó el visado a una joven palestina cuyo sueño era estudiar en Alemania. La muchacha, ante la negativa de la canciller, acabó llorando. El problema es que seguramente Merkel tiene razón y que no es posible alentar en nuestros días un modelo de fronteras abiertas; aunque para que un político defienda en público algo tan sencillo haga falta carácter, además de cierta valentía, sino quiere terminar como una víctima del sentimentalismo imperante.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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