Irán: una lectura contraria

En Oriente Próximo, los iraníes gozan del prestigio de una “paciencia vaticana”. Pueblo de orgullo milenario, de aristocrática prestancia y espera mesiánica, el chiismo alimenta una cultura del tiempo. Quizás sea algo inherente a la dureza monoteísta del paisaje, atemperada por un aliento metafísico. Al igual que sucede con la Iglesia Católica, se dice que los iraníes piensan en siglos y no en décadas o lustros. Para entender su pasado resulta imprescindible leer A History of Iran, del inglés Michael Axworthy; así como, para pulsar su presente, el libro esencial es Revolutionary Iran: A History of the Islamic Republic, del mismo autor. En ambos títulos, Axworthy nos ofrece una lectura poliédrica y elegante del papel persa en Oriente.

Con la firma, esta semana en Viena, del acuerdo nuclear, el régimen de Teherán vuelve al primer plano, alterando muchos de los desequilibrios de la región: Irán, como contrapeso de Arabia Saudí;  Irán, el enemigo de Israel; Irán, el nuevo actor que inyectará millones de barriles diarios de petróleo al mercado energético; Irán, que aspira a convertirse en la potencia hegemónica del Oriente Próximo, pero que, debido en gran medida a las sanciones internacionales, ha visto derrumbarse los estándares de vida de su población.

Fue Albert Einstein quien apuntó que el tiempo actúa como un principio relativo. El corto y el largo plazo no siempre casan a la perfección, aunque uno conduce al otro indefectiblemente. Observemos con atención: en junio de 2009 estallan, en las principales ciudades iraníes, una serie de revueltas democráticas que exigen cambios profundos al régimen de los ayatolás. El colapso económico afectaba –y afecta– de un modo especial a los jóvenes, cuyas tasas de paro superan el 50%.  Sin acceso al crédito internacional ni a las inversiones de las multinacionales, la obsolescencia se apodera de la industria del país. El programa nuclear servía de cortina de humo interior –el orgullo tecnológico de una nación milenaria–, pero también de herramienta defensiva para protegerlos de eventuales intervenciones militares. La presión inmediata sobre Teherán era alta, con un núcleo de combustión ardiendo a fuego vivo. Cabe interpretar el acuerdo alcanzado en Viena en este sentido: las sanciones han surtido efecto, Irán aspira a la normalización y los intereses comunes –en palabras del presidente Hasán Rouhaní– “son superiores a lo que nos separa”. Según la prensa internacional, se trata de un enorme éxito del presidente Obama quien, en su último mandato, anhela dar un giro postmoderno a la política internacional: la distensión con Cuba e Irán.

Pero también cabe hacer una lectura opuesta, centrada en el largo plazo y en la mítica paciencia persa. Es la teoría que plantea el periodista Ari Shavit, autor de un ensayo indispensable sobre el Israel moderno: Mi tierra prometida. Para el pacifista Shavit, el acuerdo con Irán constituye “una pesadilla estratégica” y probablemente el mayor error cometido por los EE.UU. desde que Bush ordenó el ataque contra Afganistán e Iraq. Al aceptar un Irán nuclear, se abre la puerta a la proliferación de este tipo de energía en la zona más políticamente inestable del planeta. ¿Por qué no una Arabia Saudí nuclear?, se pregunta. ¿Y Turquía? ¿Y Egipto? ¿Y los pequeños países del Golfo? Imaginen una región donde circulan los maletines nucleares o donde se desarrollan en secreto varios arsenales atómicos que pueden terminar en manos de grupos terroristas –IS, Al Qaeda– o de gobiernos golpistas. En una serie de frases lapidarias, Shavit sostuvo hace meses que, “si Irán se nucleariza, nuestros valores se encuentran en peligro. Si el Oriente Próximo se nucleariza, entonces el siglo XXI será el siglo del terror nuclear”. ¿Ciencia ficción? Por supuesto nadie lo sabe. En Viena, las esperanzas de paz ponen en marcha nuevas dinámicas. Sus frutos, buenos o malos, se verán dentro de diez, veinte o treinta años.

Artículo publicado en Diario de Mallorca

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