¿Por qué leer poesía?

A la pregunta ¿por qué leer poesía?, no sabría muy bien qué responder. Diría que a uno le gusta, pero no me parece que sea una respuesta apropiada del todo. Diría también que el gusto se educa y que – así como para apreciar la música se tiene que haber escuchado previamente mucha música – a leer poesía se aprende leyendo. Creo que es una regla bastante fiable. Si quieres conocer en profundidad un pasaje de la Historia, revisas una abundante bibliografía sobre el tema. Si quieres desentrañar los secretos de la economía, estudias a sus clásicos. Con la poesía, sin embargo, el afán voluntarista no es suficiente, como si se tratara de un misterio que no se deja aprehender del todo. Quizás podríamos establecer una correlación con la pintura y leer en clave poética las siguientes palabras de Ramón Gaya: “Para Velázquez – entiéndase aquí la poesía – , la realidad, el cuerpo de la realidad, es algo imprescindible, pero también sin mucha importancia: lo decisivo está dentro, encerrado dentro, transparentándose. Velázquez [la poesía] pinta esa transparencia; de ahí que la realidad que termina por presentarnos – tan veraz – no sea propiamente realista, corpórea, pesada, abultada, sino imprecisa, indecisa, insegura, casi precaria, me atreveré a decir”.

De hecho, la poesía supone adentrarse en el misterio de la realidad. Los malos poetas la deforman, retocan, contorsionan, difaman o subrayan. Los buenos, en cambio, se le someten y la desnudan con el mayor de los respetos. No son creadores, sino creyentes, en el sentido de que evidencian aquello que sustancia al hombre. Propiamente ni siquiera es una cuestión de belleza, ese señuelo vacío y decorativo – que dijera Schiller -, sino el resultado de una experiencia más íntima y honda.

No, no sabría definir la poesía ni explicar muy bien por qué me ha acompañado a lo largo de toda mi vida. Es algo que sucede, simplemente. Y entonces, al llegar la noche, regreso, una y otra vez, a unos pocos poetas, auténticas figuras tutelares: Osip Mandelstam y Czeslaw Milosz, Emily Dickinson y T.S. Eliot, Rainer Maria Rilke y Thomas Hardy…

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