Virtudes británicas

En las elecciones del pasado jueves, los británicos optaron por la estabilidad en lugar de por la italianización de la política. No se trata desde luego de una experiencia nueva, si recuerdan el caso escocés cuando, durante semanas, las encuestas fueron unánimes en lo concerniente a la ruptura del país. Ahora se ha repetido el ejemplo, con la victoria por mayoría absoluta de los tories frente a las previsiones de ingobernabilidad que auguraban los sondeos de opinión.

En nuestro país, la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría se ha apresurado a felicitar a los británicos por lo que podrían tener de espejo para los españoles: ¿cabe pensar que el voto oculto, en las autonómicas y municipales de mayo y más aún en las próximas generales, será mayoritariamente conservador? ¿Vamos a apostar por la estabilidad de los dos grandes partidos, PP y PSOE, en lugar de allanar el camino a la atomización parlamentaria? Sin duda, hay un tanto por cierto de voto oculto que va a favorecer el llamado “espíritu de la Transición”; pero, más allá de esas coincidencias, resulta difícil establecer un paralelismo claro con los resultados de los comicios en el Reino Unido. El pueblo británico reúne determinadas virtudes poco comunes entre nosotros, al ser conservador, flexible y excéntrico a la par. Como conservador, asume la realidad del “fuste torcido de la humanidad”, la necesidad de preservar los hitos de la continuidad histórica –así el puntal de la Corona, por ejemplo– y cuenta entre sus  herencias más notables “el miedo al entusiasmo”, en palabras del historiador inglés Owen Chadwick. Gracias a la flexibilidad puede mostrarse escéptico con la excesiva burocracia de la UE, al tiempo que el hecho de disponer de una moneda y un banco central propios le ha permitido navegar con alguna independencia en el proceloso océano de la crisis. Finalmente, la excentricidad se mide por el aventurerismo que ha mostrado Cameron al convocar primero el referéndum escocés –que ganó por poco y, en gran medida, gracias a la intervención de Gordon Brown– y ahora con la convocatoria de un nuevo referéndum, cuyo incierto resultado podría conducir a desencajar el Reino Unido de la Unión Europea. Si la votación escocesa provocó un profundo malestar en el Continente, un eventual “Brexit” dejaría en nada los temores a la quiebra griega: el peso de Atenas no es el de Londres.

Sin embargo, forma parte de la excentricidad conservadora confiar en que nada grave va a suceder. Es decir que, aunque el estado de opinión parezca mayoritariamente antieuropeo, al final el anclaje comunitario del Reino Unido no se va a romper, sino que en todo caso se modulará a su favor, como sucedió cuando Margaret Thatcher reclamó que el dinero británico volviera a las islas. Igual que para los neurocientíficos la cultura ofrece una “reserva cognitiva” que protege –entre otras enfermedades– del Alzheimer, los ingleses  gozan de una “reserva de confianza en sí mismos” que proviene de la tradición y de la historia. Gordon Brown enlaza con Winston Churchill así como éste recoge el testigo de otros grandes premiers como Gladstone o Disraeli.  No todos los países pueden jactarse de ello.

Desde un punto de vista geográfico, España y Gran Bretaña ocupan, en efecto, una posición excéntrica, algo alejada de la pista central de baile europea. Y de hecho compartimos un buen número de problemas: tensiones regionales, desequilibrios presupuestarios –con sendos déficits todavía disparados– y la amenaza, superada ahora en Westminster, de la atomización parlamentaria. Ante estas cuestiones, los británicos han optado por la   continuidad. A pesar de todos sus errores, Cameron ha logrado recuperar el mercado laboral –con una de las tasas de paro más bajas de Europa–, poner la  economía a crecer y defender la conveniencia a largo plazo de un gobierno más pequeño y eficiente frente a las promesas insostenibles del gran Estado. En las próximas semanas y meses, el pueblo español tendrá que tomar decisiones parecidas: ¿qué papel va a desempeñar el debate entre un gobierno grande e intervencionista y uno pequeño y liberal? ¿Cómo se premiará la recuperación? ¿Y cómo se castigará la corrupción? ¿Resulta preferible la estabilidad de los partidos fuertes o los intereses contrapuestos de las coaliciones más o menos amplias? ¿La prudencia o el entusiasmo? Preguntas, por ahora, sin respuesta, pero que pronto la tendrán.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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