La Europa del bienestar

En Cuando cambian los hechos, el historiador inglés Tony Judt argumenta que uno de los déficits importantes de la UE radica en su incapacidad de apelar por igual a las elites sociales y al grueso de la ciudadanía comunitaria. La precisión no resulta  del todo inapropiada. Sujeto a un escenario de oportunidades globales, el espacio único facilita el desplazamiento de los trabajadores más formados. En Alemania requieren la presencia de ingenieros españoles; en Suecia, de médicos y en el Reino Unido, de enfermeras, por citar tres ejemplos recurrentes. La poderosa City londinense se ha construido como una torre de babel a la que acuden financieros de todo el mundo. Algo muy similar sucede en los principales laboratorios y centros de I+D, en las universidades más prestigiosas, en los museos de arte contemporáneo, en la escena musical, en los complejos tecnológicos… Para Judt, la palabra clave que describe el éxito de la Unión es el cosmopolitismo: elites urbanas y políglotas, con estudios de posgrado, que cuentan además con las habilidades sociales y profesionales necesarias para trabajar en diferentes países. ¿De qué tanto por ciento de la población hablamos? Lo desconozco; un porcentaje relevante sin duda, pero no significativo, al menos en el caso español. La pregunta que se plantearía es la siguiente: ¿y qué sucede con los demás? La bifurcación social demuestra que la crisis del prestigio europeo tiene que ver con las consecuencias que sufre el resto de la ciudadanía; es decir, los que, por su formación profesional, edad o cultura, no forman parte de la nueva elite cosmopolita. Para ellos, las promesas de la Unión y de la zona euro representan poco más que un espejismo engañoso incapaz de asegurar una casa común para todos. Y no hablamos sólo de los inmigrantes que llegan a diario desde el tercer mundo y que malviven en las periferias sin rostro de las grandes ciudades, sino de un proceso mucho más amplio de debilitamiento de las clases medias y que ha terminado generando una profunda desconfianza.

De aceptar la tesis de Judt, entra aquí en juego la cuestión del Estado del Bienestar, un logro históricamente compartido por la suma de partidos políticos  europeos y que, con los efectos de la globalización, ha quedado en entredicho. La Unión, desde luego, ha entrado poco en este debate, a pesar de que constituye su mejor carta de presentación: una sanidad pública y universal, una educación gratuita y de calidad, jubilaciones suficientes, un seguro de desempleo digno, transportes y vivienda accesibles. Si para Aristóteles la pobreza abre el camino a la desestabilización social, la ausencia de oportunidades y de futuro, unida a la desigualdad creciente –como ha teorizado Piketty–, exige una respuesta moral de la democracia en su conjunto. Lo contrario supone un escándalo para ese principio de dignidad compartida sobre el que se ha edificado nuestra democracia, al menos desde la posguerra.

Los populismos crecen allí donde el capital social se debilita. Las respuestas chavistas –Syriza o Podemos– implican, antes que una solución, el malestar creciente de buena parte de la sociedad. Igualmente, los  extremismos de derecha se alimentan de los despojos que va dejando una globalización sin conciencia alguna de clase. Resulta, sin embargo, ingenuo creer que existen respuestas universales a problemas complejos. Lo que funciona en Asia o en Estados Unidos, no tiene por qué actuar del mismo modo en el Viejo Continente. De hecho, las texturas morales no se exportan fácilmente. “¿Dónde están los suecos?”, se preguntaba sardónico Josep Pla, cuando Jordi Pujol reivindicaba una Cataluña escandinava. Al final, cada país, dentro de unos parámetros generales, debe buscar su propia vía hacia el progreso. Lo cual es válido también para el gran proyecto que compartimos los europeos. Avanzar en políticas comunes, en infraestructuras transnacionales, en ciencia y conocimiento, en un marco de controles y de seguridad financiera que dependa del BCE y en la imprescindible libertad de movimientos y de capitales requiere que de, algún modo, no se abandone tampoco a su suerte la necesaria cohesión social. Como un horizonte posible, nada impide consolidar de forma decidida unos pilares de bienestar social en el seno de la Comunidad. Tampoco contamos con mejores alternativas para confiar en una mejor Europa: una Europa que beneficie a todos.

Artículo publicado en Diario de Mallorca

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