La caída de Rato

Una y otra vez, la historia demuestra que juzgar la actualidad sólo con las herramientas del presente no da resultado. Carecemos de la perspectiva y de la información suficientes, por lo que nos dejamos guiar por las emociones más inmediatas. Cuando José María Aznar concluyó su segunda legislatura al frente del gobierno, Rodrigo Rato pasaba por ser el candidato natural a la sucesión. Hablaba idiomas –cosa rara en nuestro país–, había  enderezado las cuentas públicas y, lo que era importante en aquel momento, no se había significado especialmente a favor de la guerra con Irak, en contra de la línea oficial de su partido. Su ascendiente sobre el electorado popular resultaba innegable. Era buen orador –aunque un punto soberbio–, de discurso moderno y tecnócrata, poco ideológico. Un hombre “de centro reformista”, si aceptamos el mantra electoral que, durante varios años, repitió José María Aznar para marcar distancias con la imagen tardofranquista de Manuel Fraga. Sin duda, Rato era el político conservador más admirado por la izquierda e incluso por los nacionalismos catalán y vasco. Cuando fue elegido para dirigir el FMI –a pesar de que no contaba con el título de economista–, muy pocos pusieron en duda el  acierto de la designación: se sellaba así su evidente prestigio internacional. Hoy sabemos, en todo caso, que se trataba de un premio menor para alguien cuya ambición apuntaba hacia La Moncloa. Todo lo demás le parecía poco.

A Rato le favoreció la suerte de la coyuntura económica bastante más de lo que entonces podíamos intuir. El círculo virtuoso del que presumía el vicepresidente tenía mucho de burbuja inducida por los bajos tipos de interés, el cambio favorable con el que la peseta entró en el euro y el atractivo inversor que suscitaba España. Siguiendo las directrices internacionales, Rato impulsó una agresiva política consistente en privatizaciones de empresas públicas –de Telefónica a Endesa, de Repsol a Argentaria–, sin poner en marcha al mismo tiempo la necesaria liberalización de la economía. La consecuencia fue que el país creció impulsado por la burbuja, pero no ganó competitividad, algo que, años más tarde, se demostraría funesto. Incluso cuando se habla del saneamiento presupuestario –al principio conducido con mano de hierro por el profesor Barea–, se olvida que los primeros superávits sólo se lograron con Pedro Solbes, ya en la primera legislatura de Zapatero. Durante los dos mandatos de Aznar, España cambió en muchos sentidos, pero no siempre a mejor –o no sólo a mejor–. Como casi siempre sucede, las cosas no fueron ni tan buenas ni tan malas.

En Washington, la estrella de Rato empezó a declinar con una rapidez inusitada. Los espejismos, que tanto hacen por emborronar la realidad, duran lo que la credulidad de la gente. La salida del FMI constituyó un fracaso para el prestigio de España y un enorme ridículo personal para el exvicepresidente. Con Bankia entramos ya en el terreno puro y duro de la irresponsabilidad, cuando el estallido de la banca hizo aflorar la desnudez del sistema financiero, muy en especial de las politizadas cajas de ahorro. La caída de Rato se suma al cráter de Pujol, los sobres de Bárcenas, los ERE en Andalucía, el caso Nóos, Púnica y el Palma Arena, por citar sólo algunos de los procesos judiciales más relevantes en estos últimos años. Todo ello demuestra, en primer lugar, que el pasado no fue un lugar tan maravilloso y que la democracia española necesita importantes reformas para hacerse más transparente; y, en segundo lugar, que el sistema, a pesar de sus imperfecciones, funciona con un rigor notable desatando los   múltiples nudos de la corrupción.

A un mes vista de las elecciones autonómicas y municipales, la imagen de la detención de Rodrigo Rato tendrá indudables efectos sobre las perspectivas electorales del Partido Popular. Las formaciones alternativas, Ciudadanos y Podemos, viven su momento dulce, conscientes de que una parte considerable de la sociedad reclama cambios en el fondo y en la forma. La grandeza de la democracia, sin embargo, es que permite ajustes continuos, especialmente si se trata –como en nuestro caso– de países abiertos al exterior. A largo plazo, que se haya empezado a hablar del contrato único o que surjan según qué debates resulta más importante que el auge y caída de los gurús de la política. Se llamen Rato o Pujol.

Publicado en Diario de Mallorca

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