¡Sosiego, señores!

Mariano Rajoy repite con insistencia un lema que podría pasar casi por escurialense: “¡Sosiego, señores! ¡No hay de qué preocuparse!”; pero en el seno del Partido Popular la inquietud no para de agudizarse a medida que se acerca el mes de mayo. Las encuestas se empeñan en desmentir al gurú Arriola, quien sostiene que la economía es la que se encargará de llenar el saco de votos populares. Quizás sí  –este 2015 vamos a crecer al 3%–,  aunque no parece que los efectos balsámicos de la recuperación lleguen con la celeridad suficiente. Cada periodo electoral dispone de un ritual propio y, así como las europeas obedecen al modelo del voto disparatado y las generales al de la responsabilidad, las autonómicas y municipales propician la dispersión del voto útil y el castigo a terceros. Nadie duda que la corrupción va a desempeñar un papel a la hora de elegir una determinada papeleta, pero seguramente menos de lo que nos gustaría creer. Supongo que Arriola se refería a eso: han sido los recortes presupuestarios los que han castigado las expectativas electorales del PP y será el crecimiento económico quien lo va a impulsar de nuevo, una vez que España ya ha logrado alejarse del borde del abismo. Pura lectura de clase media acomodada, con la gran salvedad de que cada vez somos menos clase media y, por tanto, el factor sociológico resulta menos previsible.

A día de hoy en los despachos de la calle Génova se trabaja con un escenario triangular. Están las comunidades que se dan por perdidas, las que importan relativamente poco y aquellas en las que se juega el todo por el todo: Madrid y Valencia, básicamente. Obtener unos malos resultados en estas dos últimas pondría en jaque a todo el Estado Mayor del presidente del Gobierno y dinamitaría sus posibilidades de reelección. Diríamos que Madrid y Valencia permiten una lectura en clave nacional que no admiten, sin embargo, Baleares, Murcia o Canarias. Perder la capital del Estado supondría un shock que contrasta con el business as usual de ceder una ciudad como Palma de Mallorca o una región como la extremeña. Las magnitudes son distintas y las consecuencias también.

En el atlas electoral de 2015 hay que subrayar el nombre de estas dos ciudades: Madrid y Valencia, con sus respectivas candidatas, Aguirre y Barberá. El AVE comunica ambas capitales en cuestión de poco más de hora y media. Se trata de un trayecto cómodo, que se ideó para reequilibrar el peso político del Mediterráneo. Hoy sabemos –precisamente Fedea se ha encargado de recordárnoslo esta misma semana– que fue una inversión ruinosa, una más de las que se acometieron en la época dorada de la burbuja. Pero es aquí, en esta conexión, donde los partidos nacionales se juegan en gran medida su futuro. El hundimiento del PSOE a favor de Podemos eliminaría de la partida a Pedro Sánchez. El efecto Rivera, en cambio, desestabiliza a Rajoy. Para empezar, Ciudadanos ha terminado con UPyD sin verse obligado a mover pieza. Si prosigue el ritmo actual de descomposición, pronto no va a quedar nada del partido de Rosa Díez, ni siquiera los votos y, mucho menos, los diputados y concejales, que previsiblemente se pasarán en masa a C’s. No es necesario apellidarse Arriola para intuir que los resultados de Rivera en Madrid –y quizás en Valencia– pueden ser espectaculares.

Si en Podemos se reivindican a sí mismos proclamando que pretenden tomar el cielo por asalto, Ciudadanos aspira a ser la bisagra indispensable para la reforma constitucional que se avecina en esta próxima legislatura. A medio plazo, el extremismo ideológico de Pablo Iglesias está llamado a ocupar el espacio de Izquierda Unida y no debería dañar en exceso al PSOE, a no ser que la desorientación de los socialistas se prolongue indefinidamente. El futuro de Rivera, no obstante, dependerá de si sabe capitalizar –o no– el espacio reformista del centro con el que simpatizan amplias capas urbanas de la sociedad, sin duda las más dinámicas profesionalmente. Lo interesante de estos últimos años es que la política ha vuelto a movilizar a los electores y, de un modo muy especial, a los jóvenes. Y eso más que sosiego, requiere un relato de cambio, de futuro y de esperanza.

Artículo publicado en Diario de Mallorca

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