Una legislatura corta

Foto de Luis García

Tras Andalucía, y desplazando la incertidumbre, llega la contienda autonómica. De la vieja política a la nueva, los arcos se tensan con mayor o menor moderación según los resultados. El monocultivo conservador de la última legislatura va a dar lugar a un previsible mosaico parlamentario. La España en  bancarrota que dejó Rodríguez Zapatero daría paso a la España ingobernable de la fragmentación. No hablamos tanto de la muerte del bipartidismo –ya que aquí no hemos asistido a un asesinato ni a un suicidio– como de una premeditada deconstrucción. Se ha procedido a descomponer, pieza por pieza, los pilares de la democracia bajo el imperativo de la incompetencia y el rigor de los extremos. La necedad de la clase gobernante, traducida en rigidez burocrática y falta de estrategia competitiva, ha terminado por generar un ecosistema de incentivos perverso. Así la corrupción, que ahora percibimos como un mal generalizado, es consecuencia de una determinada cultura que la sociedad no sólo tolera sino que ha favorecido en gran medida. Diríamos que la mala cultura se replica a sí misma, del mismo modo que las buenas prácticas actúan como anticuerpos naturales. El agotamiento de la estabilidad y la deriva italianade la política nacional admiten una lectura pesimista que fenómenos populistas como la CUP o Podemos capitalizan a su favor. Que los arcaísmos ideológicos pasen por referentes de la modernidad nos dice mucho del miedo transversal que recorre este país, todavía excesivamente encerrado en el bucle de su narcisismo. Hay, sin duda, una España que se abre decididamente al exterior, que compite de tú a tú con sus rivales europeos, que crea e innova, frente a otra que subsiste desorientada, a la espera de algún maná, ya sea en forma de dinero público, de renovada burbuja crediticia o de milagro celestial. Los analistas aventuran que la Grecia de Syriza representa el espejo de España, a la espera de que un eventual “Grexit” no suponga también nuestra salida de la moneda única. Pero en lugar del horizonte griego –es decir, una victoria aplastante de la extrema izquierda–, la hipótesis italiana resulta a día de hoy más plausible: coaliciones amplias que derivan en gobiernos ineficientes. El exceso de diversidad determina la parálisis.

Aplicar de todos modos la duda metódica a los miedos demoscópicos no me parece una mala opción. Quiero decir que siempre hay motivos para ceder a los temores apocalípticos. El desastre vende, además de movilizar y dirigir el voto. Si acudimos a la hemeroteca, podremos comprobar cómo los cisnes negros rara vez se materializan, entre otros motivos porque –como suele repetir mi amigo José Ramón Iturriaga– los cisnes visten de un blanco impoluto. Pasan los años y ni el euro se ha roto, ni la banca ha colapsado, ni Cataluña ha declarado la independencia, ni ha llegado la República, ni el virus del ébola se ha extendido por España como una redivida peste bubónica. Una vez más, es muy probable que los cisnes blancos no muten el color de sus plumas, así que la fragmentación política difícilmente acabará en un asalto venezolano a La Moncloa. A nivel mediático, el antídoto Rivera ha empezado a frenar el virus Iglesias, a la espera de que los niveles de simpatía cristalicen en representación parlamentaria. En el peor de los casos, nos enfrentamos a una legislatura dominada por el difícil equilibrio de las coaliciones. Sin embargo, un rumor creciente entre los mentideros de Madrid apunta hacia una solución de compromiso que permitiría un pacto tácito de apoyo mutuo entre los dos grandes partidos (Andalucía para el PSOE, La Moncloa para el PP) a cambio de una legislatura corta, o incluso muy corta, e intensa en reformas políticas. Según esta ecuación, presuntamente impulsada por los empresarios del IBEX, el Presidente del Gobierno ya estaría amortizado. A uno o dos años vista, el futuro se escribirá en femenino.

Hace apenas unos días, Rajoy declaraba que en 2016 España será un país más estable de lo que ahora auguran los profetas de turno. Cuando pronunció estas palabras, el PP todavía no había recibido el bofetón mayúsculo del domingo. Andalucía marca tendencia y avanza la temporada de primavera/verano: el bipartidismo resiste con 2/3 del parlamento, lo cual, honestamente, no se traduce en ningún tipo de ingobernabilidad extrema; Podemos ha tocado techo y Ciudadanos aún no. UPyD e IU se dirigen raudos hacia el abismo. El PP cosecha un pésimo resultado y necesitará algo más que un vistoso lifting para mantener el poder. Pero todavía no estamos, ni mucho menos, asistiendo al final del bipartidismo.

Artículo publicado en Diario de Mallorca

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