Pasok a Pasok

Un partido sin proyecto ni ideología, un partido descompuesto por su pasado inmediato – el zapaterismo – y al que le han robado la historia – la modernización del país, Europa, el pacto del 78 – es un partido que se dirige lentamente hacia la irrelevancia. Carente de nervio, sin discurso propio ni un horizonte electoral definido, más allá de los tradicionales feudos del sur, uno se pregunta si el PSOE sabrá reinventarse. En la orilla opuesta, y aquejado por el síndrome de la corrupción, el PP cuenta a su favor con el superglue del poder, ese pegamento universal que aferra las diferentes facciones a sus respectivas sillas. Faltos de una alternativa real a la derecha – Vox no pasa de constituir una anécdota –, los populares se ofrecen en su campaña como único partido del orden: ortodoxia contable, endurecimiento de las penas, fiabilidad europea y patriotismo constitucional frente a las tendencias centrífugas del nacionalismo. La idea de orden resume el nuevo programa del Partido Popular, con la garantía de un crecimiento económico que se acerca ya al 3% en este 2015. Al igual que un registrador de la propiedad a la antigua, Rajoy perdura como una especie de fósil en medio de un evidente proceso de relevo generacional, que va de la política a la economía, de lo analógico a lo digital. Diríamos que el PP carece ya de un cuerpo sólido de creyentes – éstos se sitúan entre los partidarios del bolivarismo, los doctrinarios del dret a decidir y los simpatizantes del dúo Rivera & Garicano –; pero mantiene, en cambio, el control emocional de la clase media conservadora, que aspira a cualquier cosa antes que a la incertidumbre fatídica de los experimentos. Posee fortaleza suficiente para preservar la columna vertebral de sus votos; aunque quizás no la mayoría necesaria, sobre todo en las autonómicas y municipales, donde el descalabro será notable. Sin embargo, la ruina que amenaza al PSOE es distinta y, de hecho, más honda; nace de la ausencia de un discurso mínimamente creíble, ni que sea como garante de la necesaria estabilidad institucional o como modernizador de las estructuras anquilosadas del país. El chiste malo que circula por las redes asegura que los socialistas avanzan pasok a pasok hacia su disolución. Es todavía pronto para saberlo.

El futuro español se juega también en el terreno de la Ley d’Hondt. En ese campo el segundo se beneficia de los votos del tercero, lo que aniquilaría al PSOE en caso de sorpasso electoral. Ante tal posibilidad, algunos han preferido ponerse la venda en los ojos y pactar con Podemos – así el ejemplo reciente de Sóller –, pese a las suspicacias de la dirección nacional, consciente de que las derrotas se cuecen en el fogón del miedo. La descomposición socialista – de confirmarse – auguraría la llegada de una democracia líquida, a la italiana, velozmente cambiante, sin sujeto ni predicado, edificada sobre las frágiles arenas de la moda, el cabreo y el capricho. Como tropas de elite, los grupos cohesionados en torno a un núcleo identitario gozarían de una importancia estratégica: para los populares esa divisa sería el orden y la economía; para Podemos, la animadversión hacia la casta – un concepto lo suficientemente difuso como para que mute de acuerdo con sus intereses –; para el nacionalismo, el edén de la independencia. Si me apuran, UPyD y Ciudadanos – mejor juntos que separados – pueden valerse de ese territorio virgen que es el centro, de una determinada idea de España y del afán renovador que conjugue el reemplazo generacional con el espíritu moderno de las ciudades. Pero ¿y el PSOE? ¿Qué mensaje hace llegar? ¿Qué ideario nos ofrecen Pedro Sánchez, Carme Chacón o Susana Díaz? A día de hoy, no lo sabemos. La democracia líquida también puede derivar en democracia gaseosa, inconsistente, sin cuerpo.

Las malas decisiones en política se pagan durante decenios. Lo comprobamos a diario, en forma de endeudamiento, de recortes, de paro estructural, de pobreza relativa, de corrupción establecida. Y, sin duda, lo comprobamos también en la erosión de la credibilidad que afecta a los dos grandes partidos del país. Sin un discurso puesto al día y alejado de las demagogias al uso, se presagia para el PSOE una larga travesía por el desierto. No es algo que deba alegrarnos. Más bien todo lo contrario.

Artículo publicado en Diario de Mallorca

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