Maleficios

A finales de los años sesenta, el poeta inglés W. H. Auden dictó, en la Universidad de Kent, una serie de cuatro conferencias en memoria de T.S. Eliot. Sutil y preciso, en ellas Auden comparó la corrupción del lenguaje con los maleficios de los hechiceros: «Igual que a la magia blanca de la poesía, a la magia negra le interesa el encantamiento; no obstante, mientras que el poeta se siente encantado por los asuntos sobre los que escribe y no desea otra cosa que compartir ese don con otros, quien practica la magia negra es perfectamente frío: no tiene ningún encantamiento que compartir, más bien lo usa como una manera de ganar poder sobre los demás, y así obligarlos a que hagan lo que él les dice». Debido a esa perversión del habla, ya sea en forma de propaganda de masas o de corrección política, las palabras empezaron a usarse como consignas que encandilan o enervan a los ciudadanos, al modo de las viejas mentiras que repetía incesantemente Goebbels para imponer el dogma de la superioridad racial. «Para millones de personas hoy en día – insistía Auden –, palabras como comunismo, capitalismo, imperialismo, paz, libertad, democracia han dejado de ser conceptos, cuyo significado puede cuestionarse y discutirse, para convertirse en meros sonidos agradables o desagradables ante los cuales toda respuesta es tan involuntaria como los reflejos de las rodillas». Por supuesto, el registro natural de los hechiceros sería el de los charlatanes, esa peligrosa retórica de sonajero que acampa en las redes sociales y en la innoble verborrea de la clase política.

Así no resulta extraño encontrarnos con la plana mayor de los partidos pregonando en público “Je suis Charlie” mientras intentan coartar la libertad de expresión; o comprobar con asombro cómo los mismos que se llenan la boca de vocablos como casta, justicia social o participación democrática se asocian luego, sin pudor alguno, con los regímenes corruptos de Venezuela, Irán o Rusia. Ya se sabe que, en el reino de la magia negra, las palabras cuentan mucho pero valen poco. Creo recordar que José Ignacio Torreblanca apuntaba estos días en las páginas de El País que los eurodiputados de Podemos han votado sistemáticamente a favor de las tesis de Putin en el conflicto con Ucrania, a la vez que el nuevo gobierno griego se aleja de Bruselas para buscar el abrazo de la cleptocracia rusa. Rusia, una democracia fraudulenta definida por las prácticas mafiosas, que persigue a los homosexuales y contempla el mapa de Europa – y de Asia – como un tablero de ajedrez imperial. Las utopías las carga el diablo, por más que invoquen el paraíso.

En la política española, el gran propósito de la magia negra ha sido negar de un modo absoluto el valor de la transición democrática: deconstruir el pacto del 78 para, a continuación, reducir muchas de nuestras libertades en nombre de alguna promesa mayor: ya sea convertirse en una nación libre, en el caso de Cataluña; o terminar con los privilegios de las elites y de las instituciones, en el caso de Podemos. La doctrina, bien conocida, responde a los parámetros del resentimiento mezclados con un buenismo supuestamente ingenuo: ya que el sistema se encuentra en fase terminal a causa del pecado original de la Constitución, nada de lo que haya surgido de allí puede salvarse. Para emanciparnos de la corrupción y de la casta hay que volver a empezar. Aunque sea a la sombra de los tótems de Rusia, Irán o Venezuela.

Y esto nos conduce a un dilema que es común a todo el continente: la crisis de la democracia europea – básicamente una crisis demográfica, de modelo y de futuro – se ha traducido en una sospecha radical hacia los gobiernos y los representantes políticos. Recuperar la confianza  social exigirá una pedagogía de la verdad que aparque la demagogia de las grandes palabras para pedir – y de nuevo cito la conferencia de Auden – «no lo imposible, sino aquello que sencillamente ha de hacerse». El “coraje de la modestia”, lo llamó. Frente al maniqueísmo perverso de los irresponsables, la esperanza y el valor decidido de lo posible me parece la más sensata de las virtudes democráticas. Y, si me apuran, la más necesaria.

Artículo publicado en Diario de Mallorca

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