En claroscuro

Uno escribe en ocasiones de este modo, sin norte alguno. No es necesariamente malo. El relato político – acuciado por las cortantes aristas de la actualidad – busca magnificar el drama del día a día. Así se nos dice que en la Transición radica el pecado original del que proceden todos los males posteriores; o que la democracia española no es sino un polichinela roto, un teatro de marionetas al servicio de los intereses de una minoría. Cataluña – o cualquiera de las otras comunidades históricas – subsistiría agónica como consecuencia de su falta de encaje en el resto del Estado. Incluso el mileurismo, convertido ya en el New Normal, se debería a la insuficiencia democrática; es decir, a la falta de voluntad de los partidos mayoritarios por transformar las estructuras perversas de la realidad. Si, como entendían los marxistas – que ahora regresan bajo los engañosos ropajes de Podemos –, la democracia se legitima por su impulso revolucionario frente a los males de la sociedad, España jugaría en esa aburrida segunda división de las naciones burguesas, sometidas a la banalidad del respeto a las leyes, las instituciones y el pacto parlamentario. Por supuesto, nada de eso es verdad tal como lo planteo aquí. O, en todo caso, lo es de forma muy tangencial. Los achaques de España son similares a los que aquejan a los demás países europeos y, únicamente desde un cierto cinismo, se puede afirmar que el régimen que surgió del 78 no es una democracia. ¿Quién niega que existan gobiernos más eficaces y modernos que el nuestro? Pero también, del mismo modo, nos encontramos en Europa con sistemas parlamentarios afectados aún en mayor grado por la esclerosis del inmovilismo. Como prueba, el último rescate que Mario Draghi ha lanzado, por medio de un Quantitative Easing, a las economías francesa e italiana precisamente debido a su parálisis. Sólo unos pocos, diríamos, aprenden de los errores. El bagaje de la experiencia no actúa siempre como un remedio universal.

Pensar – o escribir – sin norte alguno permite acercarse a los claroscuros de la realidad, que son los de la incertidumbre. Un filósofo sefardí del siglo XVII, Baruch Spinoza, ya sostuvo que el objetivo de la vida no es juzgar sino intentar comprender. La luz se ofrece como un haz de sombras, a menudo entremezcladas con las decepciones, los engaños, el error y la duda. Si analizamos con un mínimo rigor estos últimos treinta años de vida pública española, comprobaremos que el juicio sumario que se plantea al inicio sólo responde a los intereses del drama, uno de cuyos objetivos permanentes es demonizar al adversario. Si acotamos aún más el lapso temporal y nos ceñimos al último periodo legislativo, percibiremos que la soberbia acompasa el dictado apocalíptico. Es cierto que la evidente desgana del presidente Rajoy por el debate político ha facilitado el rebrote de debates estériles. Es cierto que los rigurosos recortes en la investigación básica cercenan el potencial de modernización del país; o que el planteamiento educativo de la Ley Wert casa poco con las necesidades de nuestro tiempo; o que, en general, resultaría preferible una liberalización más decidida en contra de los privilegios del statu quo. Sin embargo, algo muy distinto es negarle por completo el pan y la sal al gobierno de Rajoy, ya que un gobierno definido exclusivamente por sus errores resulta tan mítico como otro que nunca se equivoca. Si hace cuatro años España se situaba al borde del abismo, amenazada por un rescate que hubiera empobrecido el país durante generaciones, ahora se empieza a recuperar el tono económico. Al fin se crea empleo – por más que sea precario y de baja calidad –, se baten récords de exportación y las empresas optimizan sus niveles de productividad. Gracias a la línea de financiación de la UE, la banca ha saneado los balances, el riesgo soberano ha disminuido notablemente y, aunque limitado en su generosidad, el Estado de Bienestar se sostiene en pie. No es disparatado aventurar que, en 2015, se dispare el crecimiento de la economía hasta tasas cercanas al 3%, con una inflación en stand-by. Una cirugía tan precisa como la proclamación del Rey Felipe VI se saldó con enorme éxito. Queda Cataluña, como persiste la enfermedad de una pertinaz corrupción que constituye el temible Krakatoa del bipartidismo. Pero incluso así, con mayor o menor dificultad, las instituciones van cumpliendo su deber. Que no es otro que el de sanar el tejido necrótico de la vida pública.

Artículo publicado en Diario de Mallorca

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