Piketty en España

Thomas Piketty aterrizó en Madrid como un meteoro y con el sex-appeal de los grandes intelectuales franceses. Inteligente, tímido y provocador, debatió públicamente con Pedro Sánchez – ¿recuerdan cuando a Zapatero le asesoraban varios premios Nobel? –, se reunió con Pablo Iglesias y atrajo la atención de la prensa económica de la capital. Elogió a la nueva izquierda de Syriza y de  Podemos, quién sabe si porque cumplen una función de Pepito Grillo o por hartazgo con el inmovilismo de los partidos tradicionales. Desde Londres, Antonio Timoner Salvá, economista senior del IHS Global Insight, me comenta otra de las posibles claves: «Piketty realmente cree que su mensaje va a generar cambios estructurales y una renovación democrática. Seiscientas páginas tienen que servir para algo y él no quiere acabar como Hayek, a quien le llegó el reconocimiento en el asilo de ancianos». La vanidad de los intelectuales, digamos. Lo cual no excluye que debamos leer El capital en el siglo XXI, el libro del que todo mundo habla. Y hay que leerlo porque, a pesar de su dificultad, este apabullante ensayo ilumina la complejidad de un futuro económico que parece venir determinado por la ruptura de clases.

Escéptico con la jerga de la austeridad, Piketty recupera un tema ya tratado hace dos décadas por el crítico cultural Christopher Lasch en su controvertido La revuelta de las élites. Debido a los excesos de la desregulación, los efectos narcóticos sobre la competitividad del Estado del Bienestar y el surgimiento de una superestructura financiera, la equidad social se resquebraja a favor de una minoría. Por aquellos años – hablo de los primeros noventa –, la  socialdemocracia escandinava entraba puntualmente en un bucle destructivo; Alemania digería la pesada anexión del Este y los teóricos ingleses propugnaban la superioridad del neoliberalismo; Maastricht ponía las bases del euro, «uno de los mayores errores en la historia de la economía» en palabras de Kenneth Rogoff; y España iniciaba la burbuja de todas las burbujas. Ya sabemos que los dioses de hoy pueden convertirse en los demonios del mañana y 2008, además de marcar un antes y un después, sirvió para precisar mucho mejor el camino recorrido. Las restricciones presupuestarias aceleraron los recortes en políticas sociales – educación y sanidad, a la cabeza –, con su efecto dominó sobre las clases trabajadoras. La creciente robotización de la industria y de los servicios, unida a las consecuencias de la globalización, convirtió el mileurismo en un nuevo new normal – eso o el desempleo masivo –.

Lo que señala Piketty es que, sin elementos de protección, el factor trabajo pierde fuelle en beneficio del capital. La riqueza genera riqueza a unas tasas de rendimiento muy superiores a las del resto de factores, de modo que la posición inicial cuenta hasta el punto de monopolizar el futuro. «De no hacer nada – declaró la semana pasada –, toda la riqueza del mundo pertenecerá a las grandes fortunas en apenas cincuenta años». Si los noventa trajeron las privatizaciones masivas de los monopolios públicos y la hipérbole financiera, el proceso de recuperación de la democracia – puesta en duda ahora en Europa por algunos movimientos ciudadanos – pasaría por revertir esta tendencia, gravando de forma singular no tanto la renta como los grandes patrimonios, para los que Piketty ha llegado a exigir un asombroso impuesto del 80% a nivel global; de muy difícil operatividad, desde luego. Otro de los puntos recurrentes del análisis del economista francés es su interés en demostrar las raíces ideológicas de la desigualdad. Y también, creo yo, de la frivolidad y el espíritu acrítico con que asumimos las modas intelectuales de cada época, incluidas las teorías del propio Piketty.

Y eso nos lleva a Europa como problema y como solución, frente a las habituales tentaciones del aislamiento: la necesidad de resolver el lastre de la deuda pública, de favorecer la redistribución y el crecimiento, de evitar los errores recurrentes de las últimas décadas o de combatir el señuelo mudo de la deflación. Si el diagnóstico de Piketty es plausible, los remedios resultan polémicos, tal como han señalado sus múltiples detractores y que el propio autor ha reconocido. Un amigo que cenó con él esta pasada semana me habló, sin embargo, del optimismo de nuestro hombre, de su fe, diríamos, en el poder de la democracia y de la política para transformar la sociedad. No es poco consuelo cuando los cantos de sirena del pesimismo inundan el primetime de la opinión pública.

Artículo publicado en Diario de Mallorca

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