Divide et impera

Cabe leer a Josep Pla como un sismógrafo de las convulsiones nacionales. A su favor cuenta con la mirada dieciochesca de un afrancesado y con un escepticismo tan hondo como prudente, que le permite alumbrar la realidad humana y política de nuestro país. “A Espanya – leemos en la biografía que dedica a Francesc Cambó – no hi ha hagut mai una diferència clara entre un polític d’oposició i un governant. A Espanya un governant no és més que un opositor momentàniament triomfant que aplica i realitza les seves idees d’home d’oposició. Això explica per què a Espanya no es governa mai per a alguna cosa, sinó que es governa contra alguna cosa. No es governa mai integrant sinó diferenciant”.  Estos días, Fernando Savater se refería a algo muy similar cuando planteaba la tentación de la revancha como uno de los posibles sustratos de la política española: el revanchismo y cierta frivolidad, pero también el uso de la confrontación como un arma táctica de largo alcance. “Divide et impera”, decían los romanos: rompe si deseas dominar. Lo han practicado la derecha y la izquierda, los nacionalistas y los no nacionalistas, exceptuando, tal vez, esa década larga que abarca la Transición y los primeros años en democracia. Incluso, si pensamos en la primera legislatura de José María Aznar, el tono es muy distinto al que posteriormente adoptará el presidente popular en su segundo mandato. Los equilibrios sugieren moderación y centrismo, afán por construir en definitiva. Años más tarde, en un aparte con Iñaki Gabilondo, el entonces presidente Rodríguez Zapatero reconoció ante un micrófono indiscreto: “Nos conviene que haya tensión”. De nuevo, el dramatismo teatral como exigencia del guión político.

En España, la sociología electoral se moviliza en unas circunstancias determinadas y no en otras. Como regla general, las participaciones bajas favorecen al centroderecha y las altas a la izquierda, lo mismo que las crisis económicas benefician al partido que no se encuentra en el poder. Al no estar fragmentada a nivel nacional, la derecha cuenta además con un voto más unificado y estable; mientras que la izquierda se dispersa entre el idealismo de los utópicos y la diversidad de alternativas. Diríamos que al PP le conviene avivar los fuegos de la fractura en la izquierda y que el PSOE prefiere esgrimir la retórica maniquea en contra de las elites conservadoras. Para ganar, el PP necesita dividir al adversario; el PSOE, aglutinar y movilizar su voto. El dominio del centro se consigue arrinconando al rival, lo que permite apelar en última instancia al voto del miedo. Los partidos nacionalistas aplican las mismas tácticas en sus respectivos feudos, aunque su repertorio verbal sea distinto. Sencillamente intercambian “derecha” o “izquierda” por “España nos roba” o “Madrid nos expolia”. Divide et impera.

De aquí a finales de 2015 o a principios de 2016, las evidencias apuntan a que la temperatura política sólo puede incrementarse.  El destape del vacío moral de unas elites empeñadas en el asalto a la caja común – de Pujol a Bárcenas, de las tarjetas black de Caja Madrid al millón y medio de euros defraudado por el sindicalista histórico José Ángel Fernández Villa – nos dibuja un escenario impredecible, al que no beneficia la patente ineficacia de buena parte de los ministros del actual gobierno. Si aplicamos el bisturí de Pla, el abuso de la confrontación como arma partidista – unido a la ineficacia y a la corrupción – ha terminado por hundir el crédito de los llamados partidos de la estabilidad. Podemos crece gracias a los goznes averiados del bipartidismo, del mismo modo que el soberanismo en Cataluña se nutre de la debilidad de los grandes partidos. Más al norte, Europa sigue este proceso con recelo, aunque en el fondo no esté mucho mejor que nosotros. El miedo inmediato es Francia, cuyo poder resulta ya una ficción del pasado. La Alemania estreñida de la austeridad recurre al palo y a la zanahoria, mientras su motor renquea peligrosamente. El Reino Unido anuncia un referéndum para desligarse del proyecto europeo. La singularidad española tiene por costumbre anticipar algún virus continental, como si nuestra geografía propiciara ese tipo de experimentos previos. En cualquier caso, el experimento previo ya tuvo lugar en Italia hace ahora dos décadas. Tras la depuración de Mani Pulite llegaron Berlusconi y las “Mamá Chicho”. En democracia, todo es posible.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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