Un mundo mejor

Hace años, en el suplemento cultural Bellver del Diario de Mallorca, Eduardo Jordá publicaba quincenalmente una sección titulada “Para que bailen los osos”. Ahora mismo no estoy del todo seguro, ni tampoco puedo consultar la biblioteca de casa para confirmarlo, pero creo que el autor nunca ha recopilado esas crónicas literarias, no al menos en su totalidad. En aquel entonces, éramos muchos los que esperábamos con impaciencia esos artículos a página completa, siempre redactados con precisión circular y prosa contrapuntística, entremezclando la biografía de los autores con la estructura argumental de la novela y ofreciendo una luz determinada – la luz de la mirada – que permitía desentrañar los múltiples sentidos del libro. Como en toda buena crítica literaria, una pequeña anécdota servía para asentar una tesis; un destello, para desentrañar las entretelas narrativas de la obra. El gran novelista Vladimir Nabokov jamás se cansó de insistir en la necesidad de prestar atención a los detalles secundarios, que son los que dotan de vida y realidad a la escritura. En su prólogo a Lo que tiene alas (Fundación José Manuel Lara), Eduardo Jordá nos sugiere una clave similar a la que proporciona el escritor ruso: “Lo que le intrigaba a Roland Barthes –subraya Jordá– era el hecho de que el marqués de Sade hubiera dedicado un párrafo entero a describir los volantes de encaje que asomaban por la manga del libertino, cuando éste extendía el brazo y le entregaba la chocolatina a aquella muchacha. ¿Por qué aparecían allí aquellos volantes? No servían de nada, no iluminaban la acción, no añadían nada específico a la escena. […]. Y Barthes inventó un término para aquellos volantes: eran un biografema, un detalle intrascendente que nos describía para siempre a un personaje, y de paso, a su autor. Y leer una novela era estar al acecho de aquellos volantes”.

Al igual que en las reseñas de “Para que bailen los osos”, el lector asiste en Lo que tiene alas a un brillante ejercicio hermenéutico, por medio del cual Jordá se acerca a la única literatura digna de su nombre, aquella que, sencillamente, no le niega a la belleza su condición de misterio. De La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata a El nadador, de John Cheever; de Otra vuelta de tuerca, de Henry James, a La buena gente del campo, de Flannery O’Connor –por citar algunos de los relatos reseñados en el libro–,  el escritor mallorquín se esfuerza por liberar de academicismos el arte de la lectura, en  cuyo núcleo se encuentra siempre la emoción ante lo cotidiano, el prodigio de la belleza y la verdad inquebrantable – y, a menudo, dolorosa – de la condición humana, sobre la que ninguna ideología goza de poder alguno. Diríamos que al leer elegimos, de algún modo, la genealogía de nuestra conciencia, así como el rostro concreto de nuestra sensibilidad. La cultura se asienta sobre los bienes heredados, que apuntan, a su vez, hacia el futuro; por ello Flaubert, en su correspondencia, elogiaba “el hábito piadoso de la lectura” que “a la larga penetra” y fructifica. “Leemos – escribe Jordá – porque el mundo no nos basta, pero también para sentirnos fuera del alcance de las leyes. De las leyes de los parlamentos y de las leyes de la policía, sí, pero también de las leyes físicas que nos impiden viajar en el tiempo o conversar con los muertos o regresar a la juventud que ya hemos perdido”. Leemos, en definitiva, porque la vida nos exige un mundo mejor.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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