Retrasar el reloj

por | Ago 8, 2014 | Animal Social | 0 Comentarios

A mediados de la década de los noventa, ensayistas como George Steiner y novelistas como Mario Vargas Llosa alertaron del acelerado deterioro de la alta cultura en los países del antiguo Telón de Acero. En la Alemania Oriental, las obras teatrales de Schiller habían sido sustituidas por melodramas sentimentales. En Hungría, las salas de concierto se vaciaban al mismo ritmo que se abrían las nuevas discotecas. En Chequia, la lectura de los clásicos del género negro daba paso a los best sellers. La calidad del sistema educativo decaía con rapidez, al dejar atrás los antiguos criterios de disciplina y orden. Como si se tratara de una cruel paradoja, el andamiaje de la cultura burguesa cedía tras el abrupto colapso del comunismo. La clásica animadversión hacia el American way of life se hizo de inmediato evidente. La culpa – siempre hay que buscar culpables – era del materialismo yanqui, con su hedonismo barato a base de Coca-Cola, hamburguesas McDonald’s y producciones de Hollywood: una libertad desprovista de solidez, una cultura carente de sustancia, cosas así… Cada generación opina de un modo similar cuando ve desaparecer lentamente el mundo en el que se crio y que sustentaba sus creencias más íntimas. Tras la serenidad del Clasicismo dieciochesco llegó la barbarie del Romanticismo, con sus pasiones descontroladas, que dio pie a un arte todavía más bárbaro, el de las innumerables vanguardias. Más tarde, con el tiempo, todo lo bueno adquiere el estatus de clásico, mientras que lo mediocre se desvanece sin dejar huella. En todo caso, el filósofo letón Isaiah Berlin señaló al respecto algo muy agudo: que no conviene retrasar el reloj. Quería decir que dar marcha atrás sirve de muy poco. Romantizar el pasado tampoco equivale a recuperar el Edén perdido.

Se da un narcisismo de la catástrofe al igual que existe una ingenuidad de lo nuevo. La tecnología ha facilitado un acceso abierto a la cultura cuyo efecto sólo podremos valorar dentro cincuenta o cien años. Aunque el ruido y la chabacanería inundan las calles, nunca antes la alta cultura había dispuesto de un mayor número de posibilidades ni de más público. Las bibliotecas públicas están relativamente bien dotadas, Spotify garantiza una fonoteca universal y cualquier exposición, cualquier museo se encuentran a la distancia de un clic. Nos sorprende que los jóvenes de hoy no disfruten con las mismas cosas que nosotros a su edad, pero el hambre de cultura es lógicamente distinta. También la oferta de ocio resulta mucho más amplia en la actualidad.

Cuando hoy leemos que en Estados Unidos resuenan los lamentos por la caída de la denominada “cultura de la clase media” – ni en exceso exquisita ni vulgar, para entendernos –, pienso en la polémica iniciada por Steiner y Vargas Llosa en torno a la alta y la baja cultura. Se trata de episodios cíclicos que se repiten como las epidemias. Las necesidades sociales se transforman tanto como la sensibilidad general. Dentro de medio siglo también se llorará un mundo a punto de desaparecer, como algunos evocan ya con nostalgia la EGB. Si embargo, si uno recuerda cómo era la vida en España a mediados de los setenta o principios de los ochenta – su textura cultural, digo – fuera de los epicentros de las grandes ciudades (Madrid y Barcelona, básicamente), estará de acuerdo en que las librerías estaban mal dotadas, en que las bibliotecas eran escasas, en que no abundaban las escuelas de música ni los conciertos de clásica o de jazz. La libertad y la prosperidad traen cultura, aunque sea a costa de cierta chabacanería. Nada es perfecto.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

Daniel Capó

Daniel Capó

Casado y padre de dos hijos, vivo en Mallorca, aunque he residido en muchos otros lugares. Estudié la carrera de Derecho y pensé en ser diplomático, pero me he terminado dedicando al mundo de los libros y del periodismo.

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