La Europa de los ciudadanos

Los dos conceptos clave que recorren la columna vertebral de la Unión Europea son el miedo y el malestar. Hay miedo frente al crecimiento explosivo de las economías asiáticas, su mano de obra barata y el eclipse relativo de nuestro continente. Hay miedo ante el aluvión de inmigrantes que ha transformado sociedades relativamente estables y homogéneas en cócteles multiculturales. Hay miedo por los efectos del invierno demográfico, que ha puesto contra las cuerdas a las generosas políticas de los Estados del Bienestar. Hay miedo hacia el retorno de los dictados de la geopolítica, con Rusia acechando en la frontera del Este europeo y con el Sur presionando desde las orillas del Mediterráneo. Hay miedo, en definitiva, a que un paro estructural de enormes dimensiones – tal vez, en torno a un quinto de la población – derive en polarización social y en una Unión que marche a velocidades divergentes.

Todo ello se convierte en un malestar de carácter crónico y recurrente, a la espera de la próxima burbuja. Hay malestar con la clase política, cuyo desprestigio inspira rechazo – o, a lo sumo, una atroz indiferencia – en la mayoría de los ciudadanos. Hay malestar con la hiperinflación burocrática, absurda y cansina, cuya espesa maraña de normas y reglamentos fagocita la innovación, el espíritu emprendedor y la creatividad. Hay malestar con la austeridad agresiva, que se ceba en los trabajadores – a los que se achacan males de los que sólo son tangencialmente responsables -, mientras se acude al rescate de las elites o se mantienen las costosas estructuras clientelares. Los países ricos del Norte se han hartado de subsidiar a los pobres del Sur – anoten cómo regresan las viejas querellas de la historia europea: catolicismo contra protestantismo; aliadófilos contra germanófilos -, a la vez que resurgen aquí y allí las teologías identitarias y el ensueño utópico de un nuevo edén. Los impasses presagian periodos de cambio, aunque sea un recurso lampedusiano acentuar la fortaleza del statu quo. Gana el Norte (Alemania), pierde el Sur (Francia y los países ribereños del Mediterráneo). La nueva Europa surge bajo el signo de la desconfianza, lo cual se traduce en insolidaridad. Los populismos aumentan ante la mirada impasible de los antiguos partidos de la estabilidad. Algunos datos subrayan esta percepción: en Francia, la impactante victoria del Frente Nacional de Marine Le Pen nos recuerda que la amenaza de la extrema derecha es algo más que un peligro latente. En el Reino Unido, el victorioso UKIP exige la ruptura con Bruselas, algo que podría resultar factible si se produce cualquier tipo de seísmo en el referéndum escocés. En la próspera Dinamarca, triunfan los populistas; en Grecia, la extrema izquierda. De las tres Europas que, en palabras de Luuk van Middelaar, han ayudado a construir la Unión  – la de los Estados, la de los ciudadanos y la de los despachos -, no cabe duda de que es la Europa de los ciudadanos la que empieza a moverse en todas direcciones.

En España, las elecciones del pasado domingo han dejado un campo plagado de minas, aunque su traslación a unas generales resulte problemática. La derrota de los partidos de la estabilidad abre la espita de una italianización de la política nacional. Rajoy resiste a duras penas, gracias sobre todo al desplome histórico del PSOE, que pierde en Cataluña toda posibilidad de gobernar. Irrumpe con fuerza una opción antisistema – el peculiar Podemos, de Pablo Iglesias – y el sorpasso catalán de ERC deteriora aún más la posición central de CIU. En el País Vasco, el PNV observa con preocupación el poder creciente de Bildu, que ha ganado incluso en el tradicional feudo constitucionalista de Álava. Caben también otras lecturas. En las generales, el voto bipartidista – beneficiado además por la ley electoral – regresará con ímpetu. Sin Rubalcaba, el PSOE recuperará parte de su punch y el voto abstencionista en las europeas beneficiará a los grandes partidos. En sus respectivos feudos, CIU y PNV deberían capitalizar el voto de los pequeños empresarios y de las clases medias. La gran coalición (PP-PSOE) cobra peso, así como el papel clave que van a jugar en los próximos años tres autonomías – Andalucía, Cataluña y Euskadi – y una ciudad – Madrid -. El miedo y el malestar se conjugan en futuro y en presente, respectivamente. También la España de los ciudadanos ha empezado a moverse en todas direcciones. Algunas riman, otras no.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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