Carril derecho

El PP nacional se desgaja por la derecha sin perder la voluntad de constituir el centro conservador, demostrando así que la crispación agrava cualquier herpes electoral. A Rajoy no se le perdona su carácter discreto y reservado, el cual, antes que debilidad o estupidez, revela la astucia galaica y el sentido de la prudencia. De la larga ristra de calamidades que, como las siete plagas de Egipto, amenazaban con devastar la nación, apenas unas pocas quedan en pie. El mérito ha sido y no ha sido de su gobierno. Quiero decir que a menudo el vino mejora sin que el mandatario haya hecho otra cosa que dejar pasar el tiempo, aunque no sea éste exactamente el caso.

La doctora Merkel forzó la flexibilización del mercado laboral, la depuración de la banca y la reforma de las pensiones. Draghi ayudó con un discurso mágico a disipar los temores sobre el futuro de la eurozona, a la par que desataba la locura bursátil en el sur del continente. Los vientos soplan a favor o en contra, enmendando los anales de la política. Si entre 2012 y principios de 2013 España iba a ser rescatada – y milagrosamente no lo fue -, 2014 apunta hacia una notable mejora de las condiciones financieras. La bomba de relojería de Bárcenas continúa desactivada, a pesar de las insistentes amenazas. ¿Se ha rendido el gobierno a las exigencias de la ETA o es la organización terrorista la que se encuentra decapitada? Más que a un perfil mesiánico, Rajoy responde al de un político acostumbrado a moverse en entornos difíciles y cuya épica personal se asocia a la capacidad de resistir.  Su conservadurismo no es el característico de la motorización ideológica sino el de una profilaxis preventiva ante los desequilibrios. Los sorayos – jóvenes, técnicos, ambiciosos – copan los cargos a medida que se retira la vieja guardia.  Desde entonces, el ADN aznarista gimotea dolido por el ninguneo de La Moncloa y por el consiguiente relevo generacional. Génova se rompe por la derecha con la seguridad de que el recorrido de Vox será discreto – si no sacan escaño en las próximas europeas, desaparecen en primavera -, casi como un cóctel de despedida. El lío interno es grande, con factores muy heterogéneos que actúan de forma imprevisible; pero, al final, como bien saben los entrenadores de fútbol, los partidos se ganan o se pierden en el mediocampo.

A dos años vista queda por saber cómo se encauzará el problema catalán, la crisis institucional y, sobre todo, una tasa de paro en niveles infecciosos. La crispación social va a la zaga de la economía y un repunte en las expectativas de empleo actuaría como eficaz antitérmico frente a las soluciones demagógicas. Cataluña exige finezza y prudencia a partes iguales, ante una cuestión – y un clima emocional – que no desaparecerá de hoy a mañana, pero cuyos costes – los de la ruptura – resultan inasumibles para cualquiera de las dos partes. La crisis institucional exigirá pactos de Estado menores y consensuados que favorezcan un ajuste flexible de la ortodoxia constitucional – Europa de fondo como solución – y no será preciso ningún otro stress-test que el espacio central de la responsabilidad. Con el PSOE asaeteado por IU y el PP por Vox, CIU fagocitado por ERC y el PNV intentando lidiar con la extrema izquierda de Bildu, la tentación cortoplacista pasaría por creer que el futuro pertenece a cualquier rama de los populismos. O a todas ellas a la vez. Sospecho que se equivocan. El instinto de la clase media es el de la moderación. Algo que deberían saber tanto el PP como el PSOE.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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