Retrato de un reaccionario

Con frecuencia son los pensadores que han logrado evitar el estridente dictado de su época los que nos ayudan a comprender quiénes somos. Los libros de la filósofa Simone Weil continúan incomodando hoy tanto como lo hicieron entre sus contemporáneos. La importancia de un escritor como Albert Camus – de quien este año celebramos el centenario de su nacimiento – en ningún caso es la de un abanderado de las ideologías partisanas, a derecha o a izquierda del espectro político, sino la de un intelectual que fundamentó en la conciencia la razón de ser de su obra. El novelista Joseph Roth hizo del sentido profético (la búsqueda de capas de sentido que nos permitan hacer frente a la descomposición cultural del nihilismo) el motivo último de su literatura. Asediados por la maldición de Casandra, los profetas corren el riesgo de la excentricidad.

El primer ministro Chamberlain pasaba por ser el tory ideal, sustanciado en los hábitos de clase y en los acendrados resortes de la prudencia y la astucia británicas. Sin embargo fue Winston Churchill, un outsider dentro del partido conservador, quien salvaría lo más preciado de la dignidad europea, esa arquitectura de libertad y de tradiciones parlamentarias. Para el historiador americano – nacido en Budapest – John Lukacs, el auténtico valor del reaccionario pasa precisamente por su apego al honor y a los principios, por encima del dogmatismo abstracto de las ideologías. Hay que suponer que el reaccionario será aquel que se resista a las utopías de la perfección y a las simulaciones de la propaganda; lo cual aúna a escritores tan dispares como Weil y Camus, Lukacs y Roth. Hablo, por supuesto, del precio de una libertad que no confunde el pensamiento crítico con los postulados de la corrección política.

En su libro de memorias Confessions of an Original Sinner, John Lukacs se declarará reaccionario, no tanto a causa de una filiación intelectual sino a consecuencia de una vocación moral. Ahí encontramos también la voluntad del provocador que se sabe ajeno a las servidumbres de la moda. Heredero de Tocqueville y de los interiores burgueses – donde se encuentra reflejada la luz íntima de la cultura occidental –, el realismo lukacsiano bebe del catolicismo converso, las lecturas anglófilas y una conciencia histórica emparentada con la biografía personal. “Lo que pensamos cuenta menos que cómo lo pensamos y cuándo”, sostiene, subrayando la importancia de los fines como impulsores de la Historia. Citando a Julián Marías, reconoce que “toda realidad no datada nos parece vaga y errante, con esa irreal indecisión de los espectros”. De fondo, asoma un principio proudhoniano básico para nuestro autor: “Las personas se adhieren a una u otra idea de acuerdo con las realidades del poder”. Cabe argumentar, señala, que no es lo mismo gritar a favor de los judíos en la Alemania nazi que hacerlo en nuestros días. En la historia, como en la vida, lo que cuenta son las excepciones.

De hecho, la apretada bibliografía de Lukacs – sus fundamentales estudios sobre Hitler y Churchill, sus asombrosas y divertidas memorias, la fructífera correspondencia que mantuvo con el embajador Kennan, sus pronósticos sobre el futuro, los apuntes de viaje o sus reseñas literarias – nos sugiere la importancia de la excepcionalidad. Como creyente, sitúa en el misterio la raíz última de la verdad histórica; como intelectual, descree de los acercamientos definitivos a los problemas. Si John Henry Newman introdujo el dinamismo en el seno mismo de la conciencia histórica, Lukacs nos enseña que la búsqueda de la verdad requiere de un elemento de participación personal, de inserción de la memoria individual en la realidad. Al igual que Jünger, piensa que tras el paso del siglo corto (1914 – 1989), se abre paso una profunda cesura, un cambio de mentalidad destinado a perdurar por espacio de generaciones, que no eliminará la admiración ni el amor por el pasado: “Puedo creer – sostiene Lukacs en El futuro de la Historia – que dentro de varias centurias aún existirá un respeto por los cinco siglos de la Era Europea comparable al que surgió de repente entre los hombres del Renacimiento por los logros de Grecia y Roma. […]. Yo, y sé que no soy el único, no creo que vaya a desaparecer ese respeto – y ese amor – por el pasado”.

Artículo publicado en Ambos Mundos

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