Oxford, febrero de 1936

A principios de 1936, el filósofo Isaiah Berlin conoció en Oxford al escritor Miguel de Unamuno. La Guerra Civil española todavía no había estallado – faltaban para ello unos meses -, aunque los síntomas del malestar político eran ya evidentes, no sólo en España sino en toda Europa. Se ha dicho que en la II Guerra Mundial combatieron un ideal de libertad – el democrático – frente a la batería de autoritarismos disponibles en el mercado político. Es posible que así fuese, aunque quizá se trate sólo de una simplificación. Lo cierto es que, fuera del ámbito anglosajón, los equilibrios de poder y libertad que supone el parlamentarismo cotizaban a la baja; como sucede de nuevo hoy en día. Pero regresemos a Oxford, febrero de 1936. Ese mes, Isaiah Berlin, al que acaban de nombrar con veintisiete años profesor en All Souls College, le escribe las siguientes palabras a su amigo el poeta Stephen Spender: “El señor Miguel de Unamuno ha dado una conferencia aquí y me ha parecido un hombre espléndido, mezcla de Anatole France, del embajador Fleuriau y de Mazzini. Nos ha explicado que estamos demasiado oprimidos por la Historia como para ser capaces de actuar, demasiado debilitados por el peso del conocimiento del pasado como para hacer otra cosa que no sea dudar; que tal vez Rousseau tuviera razón y nuestra sociedad necesite algún tipo de nueva barbarie, etc., para liberarse de las ataduras. Yo pienso que estas teorías sólo son aplicables a los intelectuales españoles de hoy o a los rusos de 1917, cuando todavía creían vivir en 1848: nadie más parece estar agobiado por ese sentido de la infinitud de los pros y de los contras de la memoria histórica […]. El peso alargado de la memoria resulta obviamente un defecto oculto y engañoso, que tiende a envenenarlo todo con el sabor de la posible corrupción”.

Miguel_de_Unamuno_daniel_capo_blogSin duda, Berlin matizaría con el tiempo la contundencia de estas afirmaciones, porque la memoria es y no es un defecto. O mejor dicho, sólo es peligrosa cuando cede a la tentación del ensimismamiento y se encierra en sí misma en una especie de maelstrom mítico que desfigura la realidad y anula el juicio. Como toda idolatría, la memoria sublimada es un dios falso al que se invoca con una retahíla de sortilegios: un dios que se esquina en forma de rencor, de odio, de pesimismo existencial o de exaltación ciega. Desconoce el rostro auténtico del dolor porque no se abre al sufrimiento de los demás y sólo sabe reconocerse en el narcisismo del fracaso. En Oxford, febrero de 1936, Unamuno habló de la necesidad hipotética de una nueva barbarie – que es como decir un nuevo comienzo -, pero muy pronto se daría cuenta de su error. La vuelta a la barbarie es la falsa seguridad que proporciona el aislamiento y que lleva a olvidarnos de que la  herencia de la pluralidad constituye el primer presupuesto de la grandeza de Occidente.

En el siglo XX Europa dejó de ser centrífuga para convertirse en centrípeta. Dejamos de mirar al exterior para empequeñecernos en la contemplación de la particularidad propia. El pesimismo ilustrado adquirió rango de nobleza, entre las jeremiadas por el largo declive económico y militar. En lugar de rehuir la pomposidad de los ideales abstractos, la recreación de los orígenes consumió el esfuerzo de los intelectuales. Se constató que no existen espacios neutros, sino que allí donde la civilización retrocede el mal se torna aun más virulento. Cabe preguntarse si hemos aprendido algo o si, por el contrario, la tentación mítica de la Historia nos sigue incitando con su oda a la barbarie y a los nuevos inicios. Son los peligros de la memoria sublimada frente a la que se ha arraigado en la cautela y la experiencia y que nos enseña, precisamente, a reconocer los caminos adecuados.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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