La lógica del ilusionismo

Uno piensa a menudo que, en estos últimos quince o veinte años, se ha invertido la lógica política. En el mundo de Clausewitz, los ejércitos adquirían protagonismo allí donde la política perdía su capacidad de actuación. Era un juego de intensidades – de menor a mayor – el que decidía el éxito o el fracaso de la diplomacia. Así, la segunda mitad del siglo XX fue, en buena parte, un ejemplo de inteligencia en el arte de la política: la alianza entre Francia y Alemania –por ejemplo– como garantía de paz para Europa o la Guerra Fría, que se saldó sin apenas disparos. Las acciones armadas llevadas a cabo en países como Vietnam, o Afganistán –en el caso soviético–, fueron probablemente errores innecesarios desde el punto de vista de los equilibrios de poder internacionales. Sin embargo, con el abrupto cierre del siglo XX en 1989, la superioridad militar estadounidense se quedó sin rivales, entre una Europa débil -forzada a solucionar los problemas inherentes a la reunificación alemana y a la puesta en marcha de la moneda única- y una China todavía emergente. Fukuyama proclamó el final de la Historia y el capitalismo de corte anglosajón se extendió como una mancha de aceite. En el lapso de las siguientes dos décadas, asistimos al despegue comercial del Pacífico y al estallido de la burbuja financiera, a la irrupción de Al Qaeda y al debilitamiento de las clases medias. La ausencia de contrapesos sólidos movió a Occidente a entregarse al ilusionismo. Un ejemplo serían los mercados desregulados, con el uso y abuso de los llamados productos tóxicos, o el endeudamiento irresponsable como palanca de progreso. Pero el exponente más claro de ilusionismo quizás se halle en la nueva retórica moral que se utiliza en los conflictos armados: guerras inteligentes, modernas, perfeccionadas por la hightech, apenas sin daños colaterales; en las que se combate, además, con drones y misiles teledirigidos. Una lógica de videojuego, donde la diplomacia es secundaria. Al igual que la política.

Sin duda se trata de un juicio perverso, porque los presupuestos del ilusionismo son falsos. Una de las grandes pesadillas de la democracia americana se encuentra resumida en la célebre frase del presidente John Quincy Adams: “Nosotros no salimos al exterior persiguiendo fantasmas a los que destruir”. Es decir, la democracia no obedece a delirios ni responde a la paranoia. Tampoco actúa movida por las erupciones sentimentales o bajo la presión del emocionalismo. Las leyes modulan – a través del parlamento y de las instituciones – la voluntad popular. Los procedimientos y las formas juegan un papel clave para frenar el populismo. Se trata de una dialéctica sutil, que exige una continua negociación para no perder el espacio central de la realidad. “No perseguimos fantasmas a los que destruir”. El realismo es una premisa indispensable de la política noble.

Por supuesto, todo esto tiene que ver con Siria ya que a cualquier analista se le hace difícil seguir el curso de los acontecimientos. Las preguntas se agolpan a la misma velocidad que las dudas. ¿Qué necesidad tenía de usar armas químicas Bashar al- Asad cuando está ganando la guerra civil en su país? ¿Cómo es posible que no supiera que con esa acción se atravesaba el Rubicón marcado por Obama? Y, por otra parte, ¿por qué se relega con tanta premura a los inspectores de la ONU? ¿Qué papel le corresponde a la diplomacia? ¿A quién beneficia una actuación militar inmediata? Y, en definitiva, ¿cuál es el plan?

La lección de Libia, Irak y Afganistán es que las guerras modernas sólo son hightech en las pantallas de la realidad virtual. Se ganan con facilidad, pero dejan tras de sí un país ingobernable, manejado por odios atávicos y estructuras mafiosas. Son el triunfo de la desconexión y el ejemplo más evidente del fracaso de la política. Sencillamente, el ilusionismo no es un buen consejero. Y su lógica, perversa.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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