16 de junio

Mi hermano murió el 16 de junio de 2003. Ese mismo día, cada año, se celebra en Dublín el Bloomsday en honor al protagonista de la novela Ulises de James Joyce, con un baño ritual en las frías aguas del Forty Foot Pool, una copa de borgoña y el sándwich de gorgonzola. Otro 16 de junio – hace doce años -, murió el escritor Gabriel Galmés. Fue profesor mío de inglés y la primera persona que me enseñó a descreer de las ambiciones pequeñas. Me refiero a la literatura como una ecuación que ilumina la vida. Durante dos cursos de bachillerato, los martes y los jueves, me acompañaba en coche hasta mi casa. Hablábamos de Eton y de la figura del gentleman, de Nabokov y de Stevenson, de Martí de Riquer y de Josep Pla. Coleccionaba sombreros, ejemplares de la revista Granta y releía todos los años La conjura de los necios, de Kennedy Toole. “No la leas en castellano ni en catalán – me aconsejaba -. Espera a dominar el inglés. En literatura hay que saber esperar”. No le hice caso, pero sospecho que era eso lo que pretendía. Se exasperaba conmigo si no dominaba bien el vocabulario gastronómico, si confundía un corte de carne con otro, si no era preciso con la denominación de las salsas. “La salsa Worcestershire – me explicaba – la inventó un antiguo gobernador de la región de Bengala. La clave es la fermentación, que dura años. La receta incluye anchovies, tamarinds, onions, garlic y molasses, marinados en malt vinegar”. E insistía en la pronunciación inglesa de los ingredientes, en la necesidad de “ser precisos”. También era una forma de humor. Murió muy joven, cuando aún no había cumplido los cuarenta. “El sentido de la vida es básicamente una estafa – escribió Scott Fitzgerald – y sus condiciones son las propias de una derrota. Lo que la redime son las satisfacciones profundas que se derivan del esfuerzo.” Unas cuantas novelas y relatos, centenares de artículos, los libros que se han leído, una familia y un hogar… son los frutos del trabajo y de la vida que perduran en los demás; esto es, más allá de nosotros mismos.

En el mismo instante en que murió mi hermano, mi estómago estalló roturado por el dolor. No hablo de forma metafórica, sino literal; a pesar de que yo no sabía que hubiese muerto, ni lo supe en las dos horas siguientes. Recuerdo los veranos en la playa, la guitarra, los discos que compartimos, la lectura de los poemas de Pavese, la alegría que magnifica la bondad, el legítimo orgullo por su novia, la devoción hacia mis padres, sus ojos que me miran a través del tiempo. Todo esto lo recuerdo. Él me descubrió que las ruinas nos acompañan, porque son necesarias para aceptar el amor en lo que tiene de antídoto contra la falsedad de las emociones. Él me enseñó que, sólo reconociendo en la persona amada el rostro de la fragilidad, penetramos en su auténtica verdad.

Al día siguiente, un amigo me mandó estas líneas de la novelista Marguerite Yourcenar. Las releo a menudo. Las masco en la boca, como una oración: “Aceptar que tal o cual ser, a quien amábamos, haya muerto. Aceptar que este o aquel no sea más que un muerto entre millones de muertos. Aceptar que este o aquel, vivos, hayan tenido sus debilidades, sus errores, que nosotros tratamos en vano de cubrir con piadosas mentiras, un poco por respeto y por compasión de ellos, mucho por compasión de nosotros mismos y por la vanagloria de haber amado solo la perfección, la inteligencia o la belleza. Aceptar su independencia de muertos, no encadenarlos, pobres, a nuestro carro de vivos. Aceptar que hayan muerto antes de tiempo porque no existe el tiempo. Aceptar nuestro olvido, puesto que el olvido forma parte del orden de las cosas. Aceptar nuestro recuerdo, puesto que, en secreto, la memoria se esconde en el fondo del olvido. Aceptar incluso – aunque prometiéndonos que lo haremos mejor la próxima vez y en el próximo encuentro – el haber amado torpe y mediocremente”.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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