Las librerías

Si viviera en Madrid, una de mis casas sería la librería Rafael Alberti. Como vivo en Mallorca, la Alberti representa una especie de mito, uno de esos lugares  a los que se acude en peregrinación cuando se visita la capital. Ahora que lo pienso, no deja de ser curioso que los mallorquines llamemos “librería” a la biblioteca privada de cada uno, de modo que no distinguimos – al menos, de entrada – entre el establecimiento comercial y  nuestra íntima geografía espiritual. Supongo que somos en gran medida aquello que leemos: nos configuran los libros, la música, las conversaciones en un café, que decía George Steiner. Cuando era más joven y en España apenas había bibliotecas públicas, recuerdo que las librerías constituían la clave de la bóveda cultural.

En el colegio se nos enseñaba a leer, pero en las tiendas de libros aprendíamos a amar la literatura. El olor a papel se confundía con la antigüedad de un fondo que traslucía un orden caótico y que, en cierta medida, anunciaba el misterio de la belleza. Sé que mi formación hubiera sido muy distinta sin ellas – o sin Radio Clásica, que entonces se llamaba Radio 2 -, así como la de mis hijos resultará inseparable del equipaje digital de nuestros días. Entonces no existía Internet y los títulos del ISBN se compendiaban en un grueso volumen de tapas verdes, pero leíamos a T.S. Eliot, a Cernuda, a Dickens, a Stevenson, a Melville y a los poetas chinos de Marcela de Juan. Con las limitaciones de la época, las librerías constituían nuestro hogar. No creo que tampoco entonces fuera fácil.

Las editoriales, los periódicos, el mundo de la cultura en general se hallan inmersos en una crisis que se extiende más allá de lo coyuntural. ¿Sobrevivirán las tiendas de libros a los dispositivos digitales, la piratería masiva y los comercializadores globales? No lo sé, aunque me gustaría creer que sí. Quiero decir que nadie puede sustituir la guía, la amistad, el diálogo, la sintonía, la paciencia, todo aquello que conforma el humus de una buena librería. Espacios como La Central, Rafael Alberti, Strand, La hune, tantos otros. Sencillamente lugares santos.

Artículo publicado en Suma Cultural

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