Michael Oakeshott

Michael OakeshottRetornar a la seriedad de la política pasa por recuperar la seriedad del pensamiento. Desde hace décadas se ha instalado entre nosotros una modalidad del debate relativista que anula no ya el concepto de verdad, sino incluso su posibilidad misma. No hablo del escepticismo – que es uno de los rostros de la inteligencia – ni tampoco de su antónimo, el dogmatismo cerril – que convierte al hombre en un esclavo de la ideología -, sino del amor a la verdad que nos construye, nos edifica y nos eleva como personas y como sociedad. Frente a la destrucción sistemática que propugnan los maestros de la sospecha – de Freud a Foucault, de Nietzsche a Derrida -, Europa necesita volver a la humildad de un pensamiento que se deje sorprender ante la riqueza de la experiencia humana, que dude y se interrogue, que sea flexible y dúctil, abierto a la oculta belleza de la vida. Me refiero también a la complejidad como una forma de respeto a la ciudadanía en lo que tiene de funcionalidad democrática, esto es, pluralidad y educación frente a la retórica populista de la ignorancia. Insistir, por supuesto, en que Europa es una forma de civilización, una determinada mirada sobre el mundo y sobre nosotros mismos.

El filósofo inglés Michael Oakeshott (1901-1990) lo expresó mucho mejor cuando argumentó que la educación, más que con un conjunto de conocimientos, se identifica básicamente con un tipo de sensibilidad: ¿quién soy? ¿Qué entrego a los demás y de qué modo? ¿Qué relación mantengo con el saber del pasado y cómo me proyecto hacia el futuro? Aquí prima una idea de la elegancia que casa con la nobleza. Me reconozco imperfecto y, por tanto, sé que antes debo humanizarme en el conjunto de mis circunstancias, en mi camino y en mi vida. La estructura social constituye un paso posterior que procede de ese punto de partida que es la libertad del hombre. Precisamente porque hemos nacido libres podemos asociarnos, confiar en los demás y crecer juntos como familia, como sociedad civil y como patria. En este sentido la verdad libera, porque permite la entrega y concede sus frutos. Oakeshott no dejaba de ser un conservador clásico, en su acepción anglosajona.

Volver a descubrir el gozo de una libertad primigenia arraigada en el humus de lo verdadero me parece una de las necesidades cruciales de nuestro tiempo. Vivimos en una época marcada por una sucesión de ismos – nihilismo, relativismo, capitalismo, ecologismo… – que se caracterizan por subrayar el papel de la mutación de los valores. Oakeshott, o Isaiah Berlin, por citar otro ejemplo, jamás se hubieran sentido cómodos ante esta perspectiva. Ellos habrían preferido hablar del diálogo socrático, de la importancia del ocio como tiempo del saber, de frecuentar a los clásicos – de Homero a Montaigne, de Shakespeare a Cervantes –, esa especie de conversación amable, de llamada a pronunciar el nombre auténtico de nuestro ser. “El aprendizaje – anota Oakeshott – es un compromiso autoconsciente, una tarea autoimpuesta inspirada en los indicios de lo que hay que aprender (es decir, en la conciencia de nuestra propia ignorancia) y en un deseo de comprender.”

Esa concepción del mundo definió durante siglos lo que llamamos Europa: una amalgama de tradición y dinamismo; el presente como armazón creativa de un tiempo que, juntamente con el pasado, apunta hacia el futuro. Leer a Oakeshott nos invita precisamente a descubrir este acervo.

Artículo publicado en Ambos Mundos

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