El gesto de un profeta

Los gestos proféticos parecen surgir de pontificados breves. Así sucedió con Juan XXIII, quien provocó un hondo seísmo en la Iglesia al convocar el Concilio Vaticano II. Y en un sentido similar hay que interpretar la decisión de abdicar de Benedicto XVI, urgida – según sus palabras – por las estrecheces de la vejez y cabe suponer que también por la voluntad de actuar con fidelidad a la propia conciencia.

Dos anécdotas nos sirven para contextualizar los motivos de esta declaración histórica: la primera se remonta a principios de siglo, año 2000 o un poco más tarde. En una entrevista concedida al periodista alemán Peter Seewald en la abadía de Montecassino, el entonces cardenal Joseph Ratzinger utilizó el pretérito (al menos en una ocasión) para referirse al pontificado de Juan Pablo II, como si el papa polaco – debido al parkinson, la edad y las luchas internas de la curia que, años más tarde, estallarían – ya no dirigiera la Iglesia o, al menos, no lo hiciera de un modo pleno. La segunda se alza como una imagen icónica: Benedicto XVI rezando en la ciudad de L’ Aquila ante la tumba de san Celestino V, el papa que abdicó en 1294 precisamente por esa fidelidad a la conciencia de la que hablaba. Durante unos meses – sucedió en abril de 2009 – se consideró la posibilidad de una renuncia, aunque la hipótesis se confirmase falsa poco después. Pero las líneas maestras ya las había marcado Joseph Ratzinger al señalar que la Iglesia contemporánea requiere de un papa en plenitud de facultades físicas y mentales, que haga de la humildad – el desapego del poder – la esencia última del ministerio. Dos precedentes inmediatos apuntan finalmente en el mismo sentido: la sorprendente aunque meditada dimisión del general jesuita Peter Hans Kolvenbach al cumplir los ochenta años y la más reciente del ex primado de la Iglesia anglicana, Rowan Williams, un fino teólogo de estirpe agustiniana que goza del aprecio del actual Pontífice.

Los gestos proféticos delimitan un nuevo territorio, que en el caso de la Iglesia casa con la conocida cita “Ecclesia semper reformanda est”. Algunos vaticanólogos se han apresurado a señalar el alcance revolucionario de las palabras del Papa, aunque quizás sea más certero enmarcar la decisión dentro del dinamismo interno del catolicismo con la conocida apelación ratzingeriana a la hermenéutica de la continuidad. Como es natural, el precedente marcará una ruptura en el seno de la tradición petrina, definiendo nuevos límites en el ejercicio del papado. Algunos interrogantes se suscitan de inmediato: ¿qué relación se va a establecer entre el papa saliente y el entrante aunque sea a efectos de referencia moral para los creyentes? ¿De qué modo influirá la sombra de la abdicación en el futuro cónclave? Son cuestiones que sólo el tiempo dirimirá. Eso y el juicio definitivo al pontificado de Benedicto XVI, el papa intelectual que jamás renunció a su condición de teólogo, que lideró la lucha contra los sangrantes casos de abusos sexuales, que recuperó el latín para la liturgia y que se atrevió a denunciar el relativismo cultural como uno de los rostros perversos de la banalidad.

Artículo publicado en Diario de Mallorca

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