La política pop

Somos hijos de los sesenta, sostiene el periodista y editor Ramón González Férriz en su brillante ensayo La revolución divertida. Cincuenta años de política pop : “La libertad sexual – escribe -, el pop, los intelectuales mediáticos, la mezcla aparentemente incoherente de ideologías, las nuevas formas familiares, el prestigio de la juventud, la reducción de la política al eslogan… Todo esto, con lo que hoy convivimos con normalidad, no es más que el fruto perdurable de la revolución cultural de los años sesenta.” En ese renovado paradigma del pensamiento, la izquierda y la derecha tuvieron que redefinir sus posiciones, surgieron nuevos dogmas – como el imperio de la corrección política o el relativismo cultural – y la lucha por el poder adquirió rasgos de teatralidad propios de los modernos medios de comunicación (aunque, para ser honestos, debemos reconocer que los totalitarismos de la primera mitad del siglo XX ya habían ensayado el potencial de los espectáculos de masa).

De la democracia pop a la emocracia (el poder en manos de las emociones) sólo hay un paso, que los gobernantes de nuestra época se apresuraron a dar. Para Rodríguez Zapatero, por ejemplo, los buenos sentimientos constituían fuente natural de derecho. Sin vínculos claros ni determinantes, las sociedades pronto empezaron a atomizarse, no sólo económica sino también ideológicamente, lo que ocasionó una creciente disensión cultural, que los partidos aprovecharon para acotar un espacio electoral propio: el derecho de las mujeres (o no) a decidir sobre su cuerpo; la libertad (o no) de los gays para casarse; la financiación pública ( o no) de la Iglesia Católica. Todo lo cual fue posible – como señala González Férriz – gracias, por un lado, a la revolución cultural de los sesenta y, por otro, al consenso económico de fondo. De hecho, durante unas décadas, los patrones básicos de la actuación de los gobiernos respondieron a una evidente inspiración centrista: sanidad gratuita y universal, escuela pública, un generoso seguro de desempleo y la jubilación a los 65 años. En palabras del historiador británico Tony Judt, fue una época dorada para el hombre: democratización, conciencia social, libertad económica y moral y el auge de una sólida clase media tutelada por la fortaleza del Estado del Bienestar. Con la política pop se pensó que el sentido trágico de la Historia quedaría arrumbado en el baúl de los recuerdos.

La pregunta, sin embargo, es si una sociedad poco vinculada puede perdurar. El crash de 2008 disparó las primeras alarmas: ¿cómo sostener el gasto social en unos países asediados por el endeudamiento, la globalización y el envejecimiento demográfico? ¿Cómo mantener la cohesión en un contexto económico que empobrece aceleradamente a las clases medias y proletariza a amplios segmentos de la población? Un articulista del National Journal acusaba recientemente a los baby boomers – los hombres y mujeres nacidos a finales de los años cuarenta y en la década de los cincuenta – de haber legado a las generaciones sucesivas un horizonte plagado de dificultades. En un mundo con escasas ataduras, sujeto a la teatralización de la vida política y profundamente atomizado, articular la inteligencia social deviene problemático. La ansiedad crece a medida de que las instituciones se muestran incapaces de ofrecer soluciones estables. Si se puede definir la democracia como una comunidad de la confianza, en el sentido de que se da un valor casi definitivo al consenso y al encuentro, el modelo pop de los vínculos débiles desdibuja ese bajo continuo del esfuerzo común, de la solidaridad concebida como un pacto entre los ciudadanos y entre las generaciones. ¿Hasta qué punto la política pop continuará decidiendo el futuro de Europa y del resto del planeta? Me temo que la Historia nunca se detiene, ni siquiera cuando celebra el mejor de los mundos.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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