La novela

Sostiene con acierto Ignacio Peyró que la novela constituye la arquitectura esencial de Europa; al menos, una de las facetas esenciales de nuestra cultura. Constatar, por tanto, la crisis del género novelístico supone admitir la decadencia de un modo determinado de entender y concebir la textura de la civilización. Siglo a siglo, la novela nos ha permitido penetrar en el sentido de la Historia, las relaciones personales, las nociones del bien y del mal o la luz del recuerdo en lo que tiene de mosaico de la identidad. Si la religión ha dotado de hondura metafísica a la proyección del continente – y asimismo, hay que reconocerlo, de un rastro de guerras -, la urdimbre de la novela representa el vigor de una sociedad empeñada en suplir la barbarie de los instintos por una voluntad de orden y de belleza. O lo que es lo mismo, desvelar las huellas endebles de la verdad en el devenir del tiempo. La novela nos enseña – como observa Walter Benjamin – que no hemos sido un pueblo falto de historias memorables. Cervantes y Sterne, Flaubert, Proust y Stendhal, Dostoievski y Tolstoi, Waugh y Pasternak, Nabokov y Thomas Mann lo corraboran. Somos los herederos de esta arquitectura, de ese empeño civilizador.

La pregunta por la novela pasa también por cuestionarse su vigencia. Me temo que la respuesta, apunta casi en exclusiva hacia el Atlántico: las Islas Británicas y Estados Unidos. Si nos atenemos al Viejo continente, cabe hablar de escritores señeros como el francés Pascal Quignard o el italiano Claudio Magris y, tal vez, de algún autor del Este. Por lo general, se trata de eminentes ensayistas o dietaristas, de enormes críticos de la cultura que se mueven en una zona fronteriza entre el pensamiento y la ficción. Para los novelistas, en cambio, el predominio anglosajón resulta innegable: del ya desaparecido Saul Bellow – quizás el más grande de la última mitad de siglo XX – a Philip Roth, del vanguardista Thomas Pynchon al magnífico Martin Amis, de Lanchester a Salman Rushdie, de Don de Lillo a Jonathan Frenzen o John Updike. Diríamos que la novela no ha muerto allí donde se respetan sus principios básicos: el aliento del orden clásico y la estructura temporal que ciñe las emociones de la vida. Hay que confiar en que la novela nunca desaparecerá. Como Europa, quisiera creer.

Artículo publicado en Suma Cultural

¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s