El Libro de Job

Foto: El Diabo cubre de pústules a Job | William Blake

¿Qué es el Libro de Job? ¿Una obra maestra de la literatura? ¿Un diálogo de estirpe shakesperiana que invita a una magna reflexión sobre el dolor y el sinsentido de la vida? Admirado tanto por ateos como por creyentes, Job nos enseña a rezar en la estela de las palabras que, poco antes de morir, pronunció Romano Guardini: “¿Por qué el mal? ¿por qué el pecado?” La modernidad de la  pregunta es absoluta, quebrantando los presupuestos de una fe acomodaticia. Si Dios es bueno, ¿por qué nos hiere el mal? ¿Puede Dios actuar injustamente con el hombre? ¿Y cuál es el significado del dolor? Desde los orígenes del cristianismo, los Padres de la Iglesia han querido ver en este libro una prefiguración de la venida del Mesías – “sé que está vivo mi redentor”, leemos en la Vulgata -, al tiempo que se han sucedido las lecturas morales del texto, un ars vivendi en el que confluyen la cicatriz de la historia que se encarna con el abismo de la metafísica. Pensemos en la clásica exégesis de Gregorio Magno o en el hondo y bellísimo comentario del español fray Luis de León, por no hablar de las ensoñaciones psicoanalíticas del suizo Carl Gustav Jung. De un siglo a otro, atravesando las épocas, el misterio del Dios bíblico resuena como un escándalo para el lector, obligado a transponer todas sus certezas. No es una cuestión banal.

Job refleja uno de los múltiples rostros de la inocencia. La trama es aparentemente sencilla: un hombre afortunado, rico en bienes terrenales, es puesto a prueba por Dios, que le envía todo tipo de calamidades. Un nihilismo avant la lettre se impone. Nadie sabe por qué es castigado, nadie se explica el motivo de su desgracia. Se inicia pues una serie de monólogos en los que Job y sus amigos exponen su causa. La tensión moral se incrementa a medida que nos adentramos en el espacio de un mal injustificado. Job acusa a Dios de ser “un carcelero de los hombres”, un heraldo del absurdo. Sus amigos, en cambio, excusan a Dios con una racionalidad fría y aséptica, una especie de retribución sistemática en la que nuestra vida está previamente tasada por una sucesión de aciertos y de errores. Job, sin embargo, no calla y levanta su voz contra el Señor: “¿Por qué me sacaste del vientre? – exclama irritado -. Pude haber muerto sin que unos ojos me vieran, y ser como si no hubiese existido, conducido del vientre al sepulcro.” El texto es prodigioso en su manejo de las imágenes y del ritmo, en sus giros agónicos. “Hazme saber qué tienes contra mí. ¿Te parece bien oprimirme y desdeñar la obra de tus manos?”. Son palabras que se repetirán una y otra vez en la Escritura, convertidas también en oración: “No abandones ahora la obra de tus manos”, leemos en el salmo 138. Al final llega la respuesta de Dios, que levanta a Job y condena a sus amigos. En ese juego de paradojas, el blasfemo será redimido mientras que sus irreprochables acompañantes quedarán condenados: “Estoy irritado contra ti y contra tus dos amigos – clama Dios -, porque no habéis hablado bien de mí como lo ha hecho mi siervo Job.” ¿En qué se han equivocado? Es una cuestión que, sin duda, nos apela personalmente.

En Hora prima (Sígueme, 2011), el escritor napolitano Erri de Luca reflexiona con perspicacia sobre este aspecto del Libro Sagrado. Para el novelista italiano, la fe judeocristiana arranca del diálogo íntimo con Dios, de un encuentro personal que se puede manifestar como susurro, celebración, grito o lamento. En este contexto, lo intolerable es la frialdad de quien se protege en la fría reglamentación de la Ley, pero no sabe acercarse, intimar, con el que es fuente de la verdad y de la vida. “Ante el dolor – escribe de Luca -, los amigos de Job nunca se dirigen a Dios para pedirle ayuda, sino que siempre defienden la pena y el sufrimiento infligidos al amigo en nombre de una justicia infalible que no le alcanza por casualidad, y menos sin razón. Para Dios, en cambio, hasta la blasfemia es un tú y no la imputa como culpa cuando explota en pleno dolor. Porque está escrito que el ser humano es barro en manos de un alfarero que lo moldea y comparte con él la responsabilidad. Así lo expresa en síntesis un versículo de Isaías: Con todo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros somos la arcilla, y tú el alfarero (Is 64, 7). Nuestro Padre, que no es un vocativo ni una exclamación, sino un acusativo: nosotros somos tus hijos, producto de tus manos, y si somos débiles, es porque tú nos has hecho así, de arcilla. Cuando esta arcilla se encuentra bajo la presión del dolor, se puede permitir perfectamente usar el tú de Job. ¿Qué podía esperar Dios de un objeto de barro, de un muñeco vivo?”

Artículo publicado en Ambos Mundos.

¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s