Vivir en el fuego

He leído pocos libros de una profundidad tan hiriente como Confesiones: vivir en el fuego, de la poeta rusa Marina Tsvietaiéva. Hablo de intensidad y de hondura, por supuesto, pero también de una mirada que se fija en la verdad sufriente de la vida. El único amor auténtico, afirmaba Simone Weil, es el que se dirige a lo más frágil de la persona amada: la fealdad, la miseria, la debilidad. Sólo entonces sabemos que el amor no cede a la idolatría, que es verdadero, en tanto que trasciende nuestra capacidad de admiración y penetra en la hondura del misterio de lo humano. Esta mirada, cuyo eje es el corazón, Marina Tsvietaiéva la consideraba un don: “el don – anota en Confesiones – de reconocer el sufrimiento de las cosas”. La clave de la compasión consiste, precisamente, en esa prioridad amorosa.

Ante el creciente individualismo, habría que recuperar una cultura definida por la compasión. A menudo pensamos en la identidad como un proceso meramente individual: somos lo que queremos ser, lo que deseamos en cada momento. La realidad, sin embargo, responde a una ecuación diferente, ya que nadie es padre de sí mismo. La misericordia nos sitúa en el marco esencial de la vida: los otros nos enseñan quiénes somos. Al contemplar el sufrimiento de las cosas descubrimos que la debilidad nos configura, que no somos autosuficientes y que, en definitiva, la humanidad es siempre una forma de diálogo y de encuentro.

Un último apunte. La compasión poco tiene que ver con la autolástima. No invita al pesimismo, sino a la acción, aunque sólo sea escuchando o acompañando al que sufre. Por consiguiente, la soledad es uno de los males que refleja con más nitidez la falta de un proyecto compartido de la existencia. La soledad deprime, nos torna egoístas, debilita incluso la sociedad, aniquila a las personas. Marina Tsvietaiéva se suicidó un verano de 1941. Hay algo paradójico en esta decisión. Atormentada por el mal del mundo, Tsvietaiéva metabolizó ese padecimiento en su propia vida. Nadie es inmune al dolor. Lo cual constituye también una gran lección.

Artículo publicado en Ambos Mundos

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