Un verano

A los 17 años, pasé un largo verano en Nueva York. El calor era bochornoso y arreciaron las tormentas. Leí a Pessoa – su Libro del desasosiego – y acudí a la ópera – Les pêcheurs de perles-. Simon & Garfunkel ofrecieron un celebrado concierto en Central Park y Jeff Buckley – todavía un cantante anónimo – actuaba en los garitos del Village. Visité el Museo Metropolitano y el MOMA, el Empire y la Estatua de la Libertad, la Biblioteca y el museo de los claustros. Me perdí por las calles de Chinatown y entre los anaqueles de la mítica librería Strand; en casa descubrí The New Yorker, la New York Review of Books y The Atlantic Monthly. Un fin de semana hice una escapada con unos amigos a Harvard y me acuerdo del asombro que me causó el encanto, entre geométrico y europeo, de Boston. Pensé que Yourcenar había vivido no muy lejos de Massachusetts, al igual que el poeta Robert Frost y que la cultura es un destilado del tiempo. A menudo me arrepiento de no haberme quedado más tiempo.

Fui a Nueva York con la edad justa, ni demasiado joven ni demasiado hecho. Luego volví en otras dos ocasiones, siempre en la misma casa, siempre con la misma familia, que me acogieron como a un hijo. Entre los quince y los veinte, se sitúan los años de la Bildung, ese periodo de formación y de ruptura que establece el sendero por donde más tarde habremos de transitar. Vivir en un país lejano, adaptarse a unas costumbres diferentes – aunque en el caso de EE.UU. no lo sean de un modo radical – y abrirse a los horizontes de la gran cultura, ayudan a no concebir la propia realidad en clave autorreferencial – caso de los adolescentes – o, como es común en la España de las autonomías, en clave identitaria. Con el tiempo también fui comprendiendo que la persona necesita navegar con guías, por más que la tradición sea siempre una fuerza dinámica que requiere ir integrando – como un imán que atrae – aquello que nos pone a prueba y que exige de nosotros una respuesta.

Recuerdo con cariño el adolescente que fui, con sus miedos, sus inseguridades, su voluntad de hacer el bien, su ingenuidad, y sin embargo ya no sabría describir con precisión quién era yo ni qué pensaba. Al regresar de Nueva York empecé a la universidad. Supongo que ya nunca volví a ser el mismo. A América le debo mucho: una cierta noción de la libertad, el trabajo como una ética, las ventajas evidentes de las sociedades abiertas. Pero sobre todo le debo la idea de la ciudad como cultura, lo cual en sí es impagable.

Artículo publicado en Ambos Mundos.

¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s