Sistemas emergentes

por | Ene 11, 2012 | Animal Social | 0 Comentarios

El razonamiento básico de Deirdre McCloskey es que las ideas determinan el buen o el mal funcionamiento de una sociedad. Las ideas abren horizontes de libertad, generan imperativos éticos, desarrollan musculatura social. En otras ocasiones sucede lo contrario y nos encierran en una catarata de dogmas y de prejuicios que apenas mantienen contacto con la realidad. En su libro The social animal, el periodista David Brooks cita el papel de los sistemas emergentes a la hora de explicar el éxito o el fracaso de una sociedad determinada. Los sistemas emergentes equivalen al trasfondo cultural, al cúmulo de creencias y de hábitos que rigen nuestra conducta. La literatura científica al respecto es abundante. En 2003, Eric Turkheimer, de la Universidad de Virginia, publicó un estudio donde relacionaba la pobreza con el coeficiente intelectual. Se sabe que los hijos de familias de clase media y clase media alta tienen más posibilidades de acceder a estudios superiores que los de clase baja. Estos niños no sólo llegan al colegio con un mayor dominio del lenguaje –incluso a edades tempranas-, sino que muestran más autoconfianza y un mejor manejo de las convenciones y mecanismos sociales. Se trata, en muchos casos, de rasgos emocionales, que se transmiten en forma de costumbres, de ideas, de cultura en definitiva. “Las culturas son sistemas emergentes – escribe Brooks -. Nadie responde exactamente a un perfil platónico  de la cultura americana o la francesa o la china. Pero de las decisiones y las relaciones que establecen a diario millones de personas, brotan una serie de regularidades. Una vez que estos hábitos se establecen, el comportamiento futuro de las personas se adapta de un modo inconsciente”.

Si analizamos lo sucedido en España en estos últimos lustros, comprobaremos que muchos de nuestros problemas se originan en esta especie de humus cultural – de sistema emergente – en el que ha primado la especulación y el clientelismo por encima de la apertura al exterior, el esfuerzo y la excelencia. El economista Luis Garicano recordaba en un artículo reciente de qué modo se ha enaltecido – incluso a nivel de ejemplaridad moral – la figura de los grandes especuladores del ladrillo. No es que falte entre nosotros la innovación empresarial – de Camper a Zara, de CAF a Mercadona -, sino que el brillo social se conseguía con el pelotazo, con la picaresca del dinero fácil. En realidad, la mayoría de los estímulos apuntaban en esa dirección: la escasa repercusión económica de los estudios universitarios, el riego continuo de dinero público en dirección a las distintas estructuras de poder, la mano de obra barata y el acceso casi infinito al crédito. Al final cuando hablamos de ideas y de cultura, también hablamos de esto. Hablamos del fracaso escolar – cercano al cuarenta por ciento, sin que nadie se escandalice. Hablamos del desprecio por el esfuerzo, de la chabacanería de la televisión basura y del aspecto clientelar de la política local y autonómica.

Es cierto que en un contexto de crisis internacional todo se intensifica, se subrayan las debilidades internas, los anacronismos competitivos, la propia indolencia de nuestro carácter. En este sentido, la intuición de McCloskey en Bourgeois dignity me parece acertada: una retórica compartida de progreso y de esfuerzo es fundamental; la necesidad, en definitiva, de reformar el cañamazo cultural que nos articula. Y en eso, la ejemplaridad de la clase política, la recuperación de lo que podríamos denominar la meritocracia institucional, no resulta solo urgente sino imprescindible.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

Daniel Capó

Daniel Capó

Casado y padre de dos hijos, vivo en Mallorca, aunque he residido en muchos otros lugares. Estudié la carrera de Derecho y pensé en ser diplomático, pero me he terminado dedicando al mundo de los libros y del periodismo.

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