Los orígenes de la comprensión

por | Ago 19, 2011 | Animal Social | 0 Comentarios

Uno de los ensayos más fascinantes que he leído este verano se titula Mothers and others. The evolutionary origins of mutual understanding. Lo ha escrito una primatóloga estadounidense, Sarah Blaffer Hrdy, quizá la máxima autoridad mundial en los fundamentos evolutivos de la maternidad, esto es, en aquellos aspectos del comportamiento de la madre que la unen con su pasado biológico. En una expresión que ha hecho fortuna, el filósofo español José Antonio Marina suele repetir que “para educar a un niño hace falta la tribu entera”. Blaffer Hrdy demuestra que sucede así al menos desde el Pleistoceno, ya que, en la lucha por la supervivencia  – escasez de comida, abundancia de depredadores -, los niños requerían ser cuidados no sólo por sus madres sino también por sus abuelos, padres, hermanos, tíos e, incluso, en ocasiones, por los vecinos.

La capacidad de leer e interpretar las emociones de los demás, así como de empatizar con un desconocido, arranca del peculiar modo en que crecemos y nos educamos. Los niños nacen programados para sobrevivir en sociedad y, a su vez, eso ha permitido que nuestro desarrollo, sobre todo el emocional, tenga lugar gracias a nuestra relación con el entorno. Desde un punto de vista antropológico, la teoría de Blaffer evidencia la condición filial de la humanidad. O dicho en otros términos, no hay humanización sin los demás, sin su ayuda y su respaldo, ya sean esos otros la familia, el pueblo o la comunidad.

Obviamente, el libro de Blaffer también propone cuestiones para hoy: ¿cómo educar en una sociedad donde el hombre ha privatizado la respuesta a casi todas sus necesidades? ¿Qué consecuencias puede tener sobre la crianza de los hijos la vida compartimentada de nuestros días, en la que las familias se disgregan con facilidad y en donde la comunicación se basa cada vez más en las redes sociales? Los psicólogos hablan de la importancia del apego seguro en los niños y de los efectos de su ausencia. Las personas con un apego seguro suelen ser más sociables, trabajan mejor en equipo y demuestran un mayor aplomo frente a los que sufren de un apego inseguro. Hace quince mil años la situación era ligeramente distinta. Entonces primaba la supervivencia y había que proteger de un modo continuo y físico a los niños. La consecuencia era que, si el menor lograba llegar a la edad adulta, había adquirido una profunda inteligencia emocional. El miedo y el amor, con su alternancia, nos humanizaron y nos hicieron capaces de madurar en relación con los demás. En un mundo, sin embargo, donde el contacto físico resulta cada vez menos necesario, la pregunta que se plantea es de qué forma, si las circunstancias cambian, seguiremos siendo humanos. “No tengo ninguna duda – leemos al final de Mothers and others – de que, dentro de miles de años, el hombre continuará siendo bípedo y generando símbolos […]. Lo que no sé con certeza es si entonces seguiremos siendo humanos con las características que ahora consideramos distintivas de nuestra especie – esto es, la empatía y la curiosidad acerca de las emociones de los demás”.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

Daniel Capó

Daniel Capó

Casado y padre de dos hijos, vivo en Mallorca, aunque he residido en muchos otros lugares. Estudié la carrera de Derecho y pensé en ser diplomático, pero me he terminado dedicando al mundo de los libros y del periodismo.

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