El mundo de la aceptación

De las pasadas elecciones autonómicas y municipales me quedo con la idea de que el Partido Popular ha entrado en “el mundo de la aceptación”. El concepto se lo debemos a un novelista inglés indispensable, Anthony Powell, que cifraba en estas palabras el paso del mundo idealizado de la juventud a la serena aceptación de la realidad. La travesía del desierto del PP ha sido larga y, a menudo, lastrada por la estupidez y el lamento inútil. Han tenido que lidiar con la corrupción en el seno de su propio partido y con el despropósito de una lectura delirante de su derrota electoral en 2004. En tanto, Mariano Rajoy vivía inmerso en la indefinición: hablo de carácter y hablo de ideología. Tenido por conservador y cortesano, quizás escuetamente católico, ocho años más tarde esta descripción le hace poca justicia. Con una tranquilidad pasmosa Rajoy ha ido marcando distancias con el aznarismo, convencido de que ya no le debe nada a nadie. Tras su victoria electoral del pasado 22-M, el PP ha entrado en esa edad de la aceptación de la que hablaba Powell. Quiero decir que ahora tendrá que gobernar y ofrecer soluciones, formar equipos y afrontar los problemas. Hablo una vez más de carácter y de ideología, de capacidad y de inteligencia. Hablo, claro está, de futuro.

De hecho, la aceptación no es otra cosa que asumir el pasado con sus errores, reconocer el rostro imperfecto del presente y trabajar el futuro con ese material tan pobre. En alguna ocasión, Rajoy ha afirmado que, en los primeros seis meses de su gobierno, los sindicatos le organizarán más de una huelga general. La hermenéutica nos aclara que este augurio se refiere a la reforma laboral, al recorte de gasto y, quizás, a la reestructuración del sector público. Sin embargo, hay algo de pseudo-religioso en esa especie de convicción íntima que recorre los pasillos del neoliberalismo. ¿Son suficientes los ajustes o nos encontramos ante una crisis de modelo?

Ambas cuestiones no se pueden disociar. En realidad, es la sociedad – y con ella la política – la que tiene que cambiar, lo cual nos devuelve al concepto de Powell. Entrar en “el mundo de la aceptación” supondrá cambios y transformaciones enormes, sacrificios que sólo pueden ser asumibles si son compartidos por el conjunto de la población. Quiero decir que no se puede cargar todo el peso de las reformas sobre las espaldas de unos cuantos, porque ello conduciría a la frustración social y a lo que Krugman ha definido con acierto como “el sufrimiento inútil”. Los recortes presupuestarios y el adelgazamiento del Estado del Bienestar requieren una mayor movilidad laboral, un mayor esfuerzo en la docencia y una liberalización muy profunda de los colegios profesionales y de los horarios de los comercios. Resulta inexplicable que los fondos destinados a subvenciones sumen aproximadamente un seis por ciento del PIB nacional y que sigan existiendo tantos sectores protegidos frente a la libre competencia. Desde los albores de la civilización, la apertura al exterior ha generado prosperidad y cultura. ¿Se atreverá el PP a encararse con las fuentes gremiales de poder? ¿Será capaz de terminar con la burocratización de la enseñanza?  ¿Romperá con las ligazones que unen poder político y poder económico? Uno tiene sus dudas, claro. Pero ahora empieza su momento.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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