José Jiménez Lozano

Toda la literatura de José Jiménez Lozano se sostiene sobre dos ideas que, de un modo u otro, se repiten a lo largo de su obra. La primera es casi un apunte auto-biográfico: “el escritor es alguien que no tiene apenas nada propio, pues todo se le regala y se le da”. La segunda es el desarrollo de una intuición ética fundamental, de inspiración judeocristiana: “la verdad sólo ha hecho su aparición como desgracia e irrisión”, tal como leemos en El narrador y sus historias, uno de los títulos capitales a la hora de desentrañar el misterio de la obra de José Jiménez Lozano. Ensayos, poesía, dietarios, novelas, relato y periodismo constituyen un armazón literario de una altura intelectual y moral muy poco común en España. En primer lugar por lo inusual de la tradición en la que se inserta el escritor abulense: una tradición, sin duda, hispánica y de hondo aliento europeo, pero localizada en los márgenes del canon oficial. Así los estudios que dedica a los moriscos, los judíos o su fundamental Los cementerios civiles y la heterodoxia española, en el que profundizará en las fuentes ilustradas de nuestra cultura. En segundo lugar, autores como Fray Luis de León, Cervantes, Kierkegaard, Flannery O’Connor, Dostoievsky, Simone Weil o los jansenistas resultan recurrentes al leer sus libros.

 

Esta elección no es gratuita, sino que enlaza con un concepto de la literatura que no se pone al servicio de la cultura dominante, sino de lo que precisamente el jesuita francés Michel de Certeau llamará la tradición humillada, la de aquellos que por vivir al margen de los poderes de la historia son capaces de iluminar con su vida y su palabra nuestra realidad. “A la Biblia sólo le interesan los hombres y la historia: la justicia y el amor”, anota José Jiménez Lozano en su dietario Los tres cuadernos rojos, donde recoge reflexiones y apuntes de los años setenta y principios de los ochenta y en el que se hace patente la profunda impronta cristiana de su pensamiento. Dicho de otro modo: la literatura de José Jiménez Lozano toma cuerpo y anuncia su verdad precisamente en esa intersección entre la justicia y el amor en la que se concretan los anhelos, las miserias, los gozos y las alegrías del hombre. Son las pequeñas verdades las que le interesan, porque sabe o sospecha que las grandes verdades son mentira, construcciones más o menos ideológicas que oscurecen la propia condición humana.

Artículo publicado en La Gaceta de los Negocios

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