George Orwell o el horror

A George Orwell le gustaba escribir libros, criar gallinas y cultivar legumbres. “Aparte de mi trabajo – escribió en una ocasión -, la cosa que más en serio me tomo es la jardinería y, sobre todo, el cuidado de mi huerto.” Amaba las costumbres sencillas: la cocina inglesa y el té indio, el tabaco negro, las estufas de carbón… Por origen pertenecía a la clase media-alta, aunque no tardó en renegar de la misma. Luchó en la Guerra Civil Española junto a los republicanos, pero su libro Homenaje a Cataluña constituye una de los alegatos más feroces que jamás se haya escrito sobre las fechorías del comunismo. Detestaba en especial, el totalitarismo, que sabía detectar en cualquiera de sus modalidades. Era agudo, severo, asceta, humano y compasivo. Aspiraba a una prosa invisible – a una “estética de cristal de ventana”, como dijo en más de una ocasión -, porque entendía que el único deber del escritor pasa por servir a la verdad. De ahí que considerara que la escritura sólo puede ser moral y que, en cambio, la ideología es mentirosa, ya que la voluntad de poder sólo oculta un fondo de resentimiento y odio.

A explicar el “horror a la política” en Orwell dedica este fascinante ensayo el sinólogo belga Simon Leys, al tiempo que plantea la actualidad del pensamiento del autor inglés. Su prevención frente a las ideologías, por ejemplo, le sitúa como una especie de predecesor del filósofo judío Emmanuel Lévinas. Ambos comparten un idéntico desprecio por las abstracciones que ignoran los desvelos, gozos y alegrías del hombre concreto. En este sentido, Orwell reivindicaba lo que podríamos denominar el fondo moral de las personas normales: la lealtad, la generosidad, el respeto mutuo, la amistad. Los valores, en definitiva, que corresponden al tipo de hombre “que todas las pequeñas ideologías malolientes que ahora rivalizan por el control de nuestra alma odian con  idéntico odio.” Lo que Orwell pretende explicar, sostiene Leys, es que las ideologías arrancan siempre de una supuesta verdad que exige el sometimiento de la libertad y de la conciencia. De este modo las sociedades pronto degeneran en un mundo “marcado por el odio y los eslóganes”, donde el resentimiento resulta la clave hermenéutica del poder. La pregunta ética, entonces, deviene la cuestión central de nuestra época.

Artículo publicado en La Gaceta de los Negocios

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