Pierre Michon

Decía Borges que Francia es una literatura infinita, un compendio de distintas tradiciones que no se someten a un solo autor o a una sola escuela. La inteligencia borgeana es muy dada a este tipo de boutades. España no es sólo Cervantes, como llegó a afirmar el argentino en alguna ocasión, pero tampoco deja de ser Cervantes. Del mismo modo que Francia no es sólo Flaubert ni Pascal, sino una biblioteca por la que circula la sangre de toda la literatura europea. También ahora se da en Francia esta pluralidad de voces, en la que destacan dos autores: Pascal Quignard y Pierre Michon, con sus dos escuderos de lujo, Jean Echenoz y Patrick Modiano, además del poeta todavía ignoto –en España- Christian Bobin.

Pero vayamos con Michon, nacido en 1945, de quien Anagrama nos ofrece Los once, obra que mereció en 2009 el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa. Michon es autor de una obra relativamente escasa, fragmentaria y exigente hasta la perfección. Una cita de André Suarès, con la que encabeza su mejor novela, Vidas minúsculas, demarca el singular espacio narrativo del autor: “Por desgracia, él cree que la gente humilde es más real que la otra.” La filósofa Simone Weil habría asentido ante esta observación: las vidas humildes son más reales porque apenas admiten la recreación del disfraz, esa tendencia humana al narcisismo y a la mentira que acaba empeñando la verdad. Michon, en cambio, es un apóstol de la sinceridad narrativa, un cenobita de la desnudez de las emociones y de la inteligencia cuyo correlato literario es una belleza íntima, meditada, de una enorme humanidad. Vidas minúsculas funciona con la precisión de una pieza musical – alla Debussy – que nos recrea la infancia de su autor sin hablarnos de él, oculto entre la vida de los protagonistas, figurantes anónimos de un mundo – la Francia de los primeros cincuenta – que ya no existe.

Si Vidas minúsculas es su mejor novela, Los once es su esfuerzo más prolongado en el tiempo: quince años de trabajo para apenas un centenar de páginas. “Los once” es el título de un cuadro que cuelga en el Louvre, retrato al óleo de los once miembros del Comité de Salud Pública que regía el destino de Francia. El año es 1794, epicentro del terror que siguió a la Revolución Francesa. Los once personajes del cuadro y sus nombres – Billaud, Carnot, Prieur,  Couthon, Robespierre… – son reales. El cuadro no, como tampoco es real la biografía del pintor, François- Elie Corentin, que protagoniza la novela. En esta intersección entre lo real y lo ficticio, Michon levanta una imponente reflexión sobre el sentido de la Historia y del Arte, sobre la belleza y el terror en el tiempo y en la literatura.

Artículo publicado en La Gaceta

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