Andrzej Stasiuk

Foto: André Kertész

Le debemos al escritor polaco Andrzej Stasiuk el gran retrato contemporáneo de los márgenes de la sociedad. Su mundo es la Europa del Este arrinconada por la historia, como una especie de atlas vacilante y borroso que ha perdido sus raíces. Los personajes que pueblan sus libros se mueven en un lugar indeterminado, extremadamente estático donde el tiempo se repite a sí mismo, aunque sólo sea a peor. En De camino a Babadag, Staskiuk recorre las fronteras de una geografía rural aniquilada por el comunismo, las guerras civiles, el miedo y la amnesia. Las consecuencias del desarraigo son atroces. Si los herederos de Darwin introdujeron el dinamismo en la historia de las ideas y de la cultura – como muy bien supo ver J. H. Newman -, Stasiuk nos muestra los efectos de un bucle inmóvil. De hecho, este libro se puede leer como el testimonio del fin de un mundo que a su vez son muchos más: los restos de la herencia austro-húngara, las huellas del campesinado judío y de la fe religiosa, los trazos de una identidad moral que se diluye y que el autor logra describir con una precisión microscópica.

En Cuentos de Galitzia, Stasiuk vuelve a este mismo territorio mítico, en forma de quince relatos que se entrecruzan formando un palimpsesto de gran finura en el que se superponen la tragedia y la esperanza de los habitantes de una pequeña localidad al sur de Polonia. El paraíso comunista ha caído, dejando tras de sí un paisaje roto de alcohol y de tristeza, donde la realidad y la ficción se confunden. Si Orwell afirmó que en 1936 había terminado la historia – en el sentido de que sería sustituida por la mentira histórica como arma de poder -, Stasiuk ausculta el ánimo de una gente que no puede ni sabe ya creer en nada. En una prosa carente de cualquier sentimentalismo vago se alternan los ecos metafísicos con el esbozo periodístico y la luz crepuscular de la poesía, que acrecienta la intensidad de la escritura. De fondo, el retrato del nihilismo asentado ya en el alma de los pueblos, un lugar donde la muerte vale tanto como la vida y en el que la voz de los hombres – de esos hombres de Galitzia – se va apagando lentamente, hasta su extinción.

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