Lugares santos

Hay que tratar con respeto los lugares y las cosas santas: Mariage Frères, en 260 Faubourg Saint-Honoré o en la Rive Gauche, 13 rue des Grands-Augustins. Uno de los dos grandes santuarios parisinos del té junto a la más reciente Maison des trois thés, regentada por la enigmática Madame Yu Hui Tseng. Impensable en España; quiero decir que no encontraríamos en España un salón de té similar en calidad a cualquiera de estos dos, tampoco en Europa, ni siquiera en Londres y es posible que ni en Nueva York. Para el té, uno debe dirigir su mirada hacie el oriente (China, Japón, algunas regiones de la India) o hacia París.

La Maison des trois thés trabaja con más de mil quinientas referencias de jardines de Taiwán y es probable que sus blancos y rojos sean insuperables. Mariage Frères en cambio, no se ha especializado lo que la convierte en el mejor estandarte del buen gusto. Uno diría que Mariage Frères jugó en Europa el papel que Kusmi tuvo en Rusia. Fundada por Pavel Michailovitch Kousmichoff, Kusmi fue el proveedor oficial de la casa real rusa hasta la abolición del zarinato, vía revolución. Sus variantes para el samovar son legendarias; pienso ahora en los clásicos Príncipe Vladimir o en su mezcla Anastasia, que conocí gracias a mi amigo Ignacio Peyró. Pero cuando llegamos a los Darjeeling, aquí, señores, hay que descolgar el teléfono y llamar a París. Como en todo, entre los Darjeeling también hay sus clases y es difícil encontrar un buen té indio si no es pagando un precio aristocrático. El lujo imperial tiene estas cosas. De los 87 gardens que jalonan el Himalaya, uno se quedaría con los frutos de Castleton – a poder ser, una primera cosecha -, Margaret’s Hope o un Bloomfield. Aunque, en este último caso, mi predilección también tenga que ver con un episodio de la historia familiar que se sitúa a caballo entre la segunda guerra mundial y el espionaje británico.

El escritor alemán Ernst Jünger comparaba el café con la cocaína por sus efectos paralizantes en la creación artística. Un exceso de energía, afirmaba Jünger en su libro Acercamientos, aletarga. Uno diría que el exceso siempre es difícil de domesticar. La nobleza artística del té, en cambio, resulta innegable. Ceronetti, en sus soberbios aforismos, alaba sus propiedades taumatúrgicas conjugando una especie de interpretación cabalística de la naturaleza. Su obra, escasa y poco editada, merecería más atención en España si éste fuera otro país, menos bronco y clerical. Pero volviendo al té, aquí les dejo unas cuantas recomendaciones. Como té blanco prueben un Yin Zhen, de la región china de Fujian. El mejor verde que he degustado es un Kawavecha, cuya ligereza es insuperable. Para el negro, la mirada se dirige a Darjeeling y empezaría por cualquier Castleton first flush o un Margaret’s Hope. Y, si pasan por París, no dejen de visitar cualquiera de los dos salones recomendados. No se arrepentirán.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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