El moderantismo conservador de Valentí Puig

Valentí Puig ha señalado, en alguna ocasión, la sutil diferencia entre ser de derechas y ser conservador. El primero es, sobre todo, un rasgo sociológico: el haber acudido a determinados colegios, frecuentado algunos ambientes, pertenecer a ciertas familias… El conservadurismo, en cambio, surge como una visión particular de la condición humana, como una mirada sobre el despliegue del poder – y sus efectos – en la historia y también como una meditación moral sobre la libertad. En su último libro, Moderantismo. Una reflexión para España, el escritor mallorquín hace suya esta tradición, la actualiza y la ofrece – son sus palabras – como UNA “articulación integradora del centro-derecha en su contenido de reformismo y estrategia centrista”. Se refiere al ejercicio de ese justo medio aristotélico que, en su forma más elevada, caracteriza al conservadurismo político.

Uno de los clichés más habituales de la retórica actual consiste en identificar la izquierda con el progreso y el centro-derecha con el inmovilismo, cuando no claramente con la injusticia. Puig desmonta esta falsedad y la despoja de cualquier valor. El progreso se asienta en la moderación – en las políticas de lo razonable, se diría – frente a las utopías de la radicalidad. Desligadas de la virtud de la prudencia, las democracias sucumben al populismo y, en última instancia, se colapsan. Es cierto, como señala el libro, que el declive de la racionalidad parlamentaria va acompasada por un creciente sentimentalismo. La presunta modernidad de los gobiernos Zapatero – ese buenismo de corte adánico – se explica también desde esta deriva: “ Sentirse mal da derecho a algo más – escribe Puig -. La política se simplifica, se fragmenta y se hace más pueril. Lo importante es sentirse bien y no la satisfacción de hacer las cosas según lo debido. Ése es uno de los fundamentos más obvios del buenismo: lo bueno alcanzable por derecho adquirido, sin necesidad de esfuerzo, espontáneamente”. No se trata de las únicas consecuencias del zapaterismo y Puig lo anota. A ello hay que sumarle la deconstrucción del consenso constitucional, de la política exterior y de la lealtad a las instituciones. Resulta lógico si se advierte que, para la democracia relativista, lo accidental deviene sustancia – la historia no cuenta, el mundo se recrea cada día.

El pensamiento de Valentí Puig se sitúa en las antípodas del extremismo. Haciendo suya una frase de Gabriel Maura, sostiene que gobernar es la acción posible entre una miríada de inconvenientes. Se opta por lo razonable antes que por lo ideal, por el mal menor, diríamos, que asegure el principio de la convivencia y la robustez de las instituciones. El progreso se solidifica sobre este fuste torcido, porque el hombre es imperfecto y soñar lo contrario es pactar con el totalitarismo. El esfuerzo, la prudencia, el deber con los conciudadanos, el respeto hacia la memoria y los poderes públicos garantizan el espacio común de los derechos y de las libertades democráticas. El historiador Gonzalo Redondo definía la historia como despliegue de la libertad, como continua tensión entre el bien y el mal, entre la civilización y la barbarie. De todo esto nos habla Valentí Puig en este magnífico ensayo, que resume no sólo los principios básicos de una acción de gobierno sino también los grandes retos – tecnológicos, educativos, migratorios o de competitividad – en los que Occidente se juega su futuro.

Artículo publicado en Diario de Mallorca

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