Memorias de Adriano

Adriano: Imperio y Conflicto es el título que el British Museum ha dado a su última exposición, en la que se recrea la vida y la época de uno de los grandes emperadores romanos. Nacido en Itálica, cerca de Sevilla, Adriano gobernó durante 21 años – del 117 al 138 d.C – sobre un Imperio que se extendía de Siria a la frontera escocesa, del sur de Alemania al Sahara. Pertenecía a la elite española, más que a la romana; esto es, a una aristocracia con profundas raíces en la periferia, lo cual le condujo a descentralizar el Imperio. Su helenofilia, en palabras de Thorsten Opper, sentó las bases de la transformación de Roma en Bizancio, que perduraría hasta la conquista musulmana de 1453. Fue un emperador llamado al éxito, capaz de recuperar la economía de las provincias, ganar guerras, rediseñar las ciudades y escribir poemas. Desde un punto de vista estrictamente político, resulta asombroso comprobar -como nos recuerda el catálogo en la presentación- que la primera decisión de Adriano fue sacar las tropas romanas del actual Iraq y que, de hecho, los principales conflictos con los que tuvo que lidiar sucedieron en regiones – los Balcanes, Mesopotamia, el Caucaso o Israel – que siguen siendo zonas en conflicto, como si la historia careciera de dinamismo.

Sin embargo, si la figura de Adriano perdura en el tiempo no es por su gestión económica o militar, ni siquiera por el alocado amor que sintió por un joven esclavo, Antinoo, al que deificó tras su muerte, sino que son los logros artísticos y culturales los que explican su permanencia. Pensemos en el Panteón romano – del que Alberto Campo Baeza ha escrito que es el edificio más perfecto del mundo -, que redifinió la arquitectura sacra durante siglos o en su mausoleo, que forma parte del actual Castel Sant’Angelo junto al Vaticano. Al sur de Roma, cerca de Tívoli, se encuentra la Villa tiburtina o Villa adriana, que tanto emocionó a una joven Marguerite Yourcenar cuando la visitó por primera vez en 1924. En invierno, entre las nieblas, es de los lugares más hermosos que conozco.

El legado de Adriano nos ejemplifica algo sobre el poder; a saber: que la historia perdura, sobre todo, a través de la cultura. La Florencia de los Medici son sus iglesias y sus palacios, al igual que sucede en Venecia. ¿Qué queda de la Inglaterra isabelina sino sus músicos y sus poetas? ¿Y de la España de los Austrias? Al helenizar el mundo romano, la influencia de Adriano se extendió hasta el Renacimiento, con una parada previa en el medievo islámico y en la Aquisgrán de Carlomagno. Y gracias en parte a él se asentó en la historia un determinado ideal de belleza y de verdad que, de un modo u otro, sigue vigente hoy.

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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