No somos los últimos

Cuenta que lo primero que vio al llegar a Dachau,
fueron decenas de cadáveres esparcidos por el suelo
como tablones de madera. Había cuerpos desparramados
junto a las barracas, en las letrinas, a la entrada de
los hornos crematorios.

A veces, empleaban como mesa
la barriga de un muerto. En otras, hacían servir un
dedo o el pie de un cadáver para colgar un pequeño
espejo y poder afeitarse. De vez en cuando, escuchaban
por la noche el crepitar de un hueso o un gemido
sordo, casi inaudible, pidiendo auxilio. Luego
regresaba el silencio, la oscura nieve, y se
preguntaban cuándo morirían. Un día, un amigo checo le
dijo: “¿Ves?, dentro de un día o dos pasaremos por esa
chimenea. Nunca podrá volver a suceder algo parecido.
Somos los últimos que vemos algo así”. No sabemos qué
contestó Zoran Music, si es que contestó algo, pero
empezó a dibujar. Primero con lo que tenía a mano: un
poco de papel higiénico, una pequeña tiza de color
marrón, unos restos de tinta sepia diluida en agua.
Más tarde, casi al final, sufrió un accidente y lo
encerraron en la barraca donde dejaban morir a los
enfermos de tifus. Zoran Music no murió.
Se conservan 34 de esos dibujos, la mayoría en el
museo de Basilea. En España, pudimos ver algunos de
ellos en una exposición que presentó el Centro
Cultural de Bancaixa. Son retratos de cadáveres, de
hombres anónimos, casi sin rostro, apenas reducidos a
la más esencial desnudez. “Desde Dachau -cuenta en una
entrevista con Kosme de Barañano- me he reducido a lo
simple, a lo esencial? los cadáveres, el ser humano
llegado a nada. Es difícil explicarlo, no se puede
explicar”. Se ha incidido mucho en el parentesco que
guardan estos retratos con las pinturas negras de Goya
y con las anatomías rotas, quebradas por la fiebre, de
Egon Schiele. Pero, como ha contado en alguna ocasión
el propio Music, fue la experiencia de Dachau la que
le enseñó a comprender la pintura de Goya. En el
fondo, sólo podemos alumbrar de verdad aquello que ya
hemos vivido.

Hoy se cumplen diez días de la muerte de Zoran Music
en Venecia. Tenía 96 años. Al hojear varios de sus
catálogos, he vuelto a pensar en la mirada tan
particular que tiene un hombre que ha conocido el
horror. Una de sus series, tal vez la más famosa, se
titula precisamente “Nous ne sommes pas les derniers”,
No somos los últimos, como queriendo responder a las
palabras de aquel amigo checo que conoció en Dachau.
¿Qué se esconde detrás de ese título? Lo mismo que
brilla en su pintura. Como otros supervivientes del
Holocausto, Zoran Music podría haber perdido su fe en
el hombre, culpar a la humanidad por los sufrimientos
de la shoáh. No lo hizo. Al contrario, quiso dejar
testimonio de la dignidad del hombre, de la esperanza
que pervive incluso en el sufrimiento. Music pertenece
a la estirpe de aquellos que concedieron a la muerte
la dignidad última de la vida. Ellos deberían ser los
maestros que guiaran nuestros pasos: Primo Levi, Ossip
Mandelstam, Etti Hillesum, Zoran Music…

Artículo publicado en Diario de Mallorca.

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