Damián Flores

daniel-capo-damian-flores-llanosDamián Flores Llanos es uno de los pintores más interesantes de la España de hoy. Su estudio, un antiguo secadero de plátanos situado no lejos de la plaza Manuel Becerra, recuerda un enorme loft subterráneo, una especie de gruta de muros blancos y techos altos, de estructura casi laberíntica. Los blancos, algo deslucidos, de las paredes contrastan con las fotografías, los óleos apenas iniciados, las montañas de libros, los homenajes y retratos que ha ido pintando Damián en estos años. En el estudio – afuera ha dejado de llover, la luz de la tarde empieza su mortecino declinar – se escucha el scherzo de la octava sinfonía de Shostakovich. Es un movimiento brutal, de una violencia y una angustia insoportables. De repente, caigo en la paradoja que surge entre la serenidad de esta pintura – sus arquitecturas vacías herederas a la vez de lo antiguo y de lo nuevo, la elegancia de los retratos – y el sufrimiento tan hondo que expresa la música que suena en el estudio. Y entonces pienso en la desolación que marca la sensibilidad de la época, en la vivencia de un cierto nihilismo – lo dijo Jünger –, sin el cual es imposible comprender el sentido de nuestro tiempo ni reconocer sus peligros. Azorín ha escrito que “el paisaje somos nosotros, nuestro espíritu, sus melancolías y anhelos”. Y en efecto – seguimos leyendo a Azorín -, “el paisaje no existe hasta que el artista lo lleva a la pintura o a las letras. Sólo entonces – cuando está creado en el arte – comenzamos a ver el paisaje en la realidad.”

¿Cuánta desolación – se pregunta uno – acertamos a reconocer en los paisajes urbanos de nuestras ciudades? ¿Cuánta soledad en los rostros de los hombres? La pintura de Damián Flores nos habla también de esta realidad, quizá porque en ese despojamiento de sus cuadros surge, con un valor icónico, la presencia de algo real, quieto, definitivo.

Hablamos de su próxima exposición sobre Nueva York; de su retrato de Brodksy – tan neoyorquino, tan veneciano, con el cementerio de San Michelle al fondo -; de la soledad melancólica de Pessoa; de una fotógrafa francesa que a ambos nos interesa, Sophie Calle, que se convirtió en la protagonista de una novela de Paul Auster; hablamos de Le Corbussier, de Adolf Loos y de Paul Morand. Y uno percibe aquello que ya sabía, al sospechar que la cultura – la literatura, la música, la pintura – es la gramática con la que Damián Flores desentraña el espinazo del mundo; no una cultura postiza que oculte detrás de los nombres la ausencia de una visión propia, sino esa humildad del creador que se reconoce siervo de una verdad que le antecede. Los griegos ya reflexionaron sobre ello: la belleza es la respuesta a una llamada, es la aquiescencia que responde a un mandato.

Al anochecer, nos despedimos. Yo iba buscando mi casa. Pensé de nuevo en Azorín. El arte define la realidad, le concede un nombre. Por un momento, a mi alrededor, sólo adiviné la soledad. Miré al cielo. Y empezó a llover.

Artículo publicado en Diario de Mallorca

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